Las antologías se constituyen en un extraordinario muestrario de lo que se está escribiendo en una determinada época y lugar. En Bolivia, en los últimos años se han venido recopilando varias de ellas con distintos registros temáticos, géneros y/o espacios geográficos. Uno de los más activos antologadores bolivianos es, sin duda alguna, el escritor Iván Prado Sejas, que ya ha colaborado con Gonzalo Montero en la antología Imposibilidades posibles; y con Daniel Averanga y Guillermo Ruiz en la Antología del cuento fantástico en Bolivia. Hace unos días, en Cochabamba, con motivo del octavo Encuentro Iberoamericanos de escritores, al cual fui invitado, me entregó el libro Las edades remotas, primera antología de la ciencia ficción boliviana, que recopiló junto a Miguel Esquirol Ríos. Tanto Prado como Esquirol son escritores que cultivan la ciencia ficción y poseen un gran conocimiento sobre el tema. Se trata de una antología que ya tenían preparada desde hace algunos años y esperaban el momento oportuno para lanzarla al ruedo de los lectores, ocasión que tendrá lugar en la Feria Internacional del Libro de La Paz. Además de la selección de autores, que van desde los más jóvenes hasta consagrados, me llamó la atención la rigurosidad con la que ambos compiladores trabajaron el prólogo, lo hicieron de manera generosa y sin mezquindad alguna, haciendo un minucioso recuento de los textos nacionales que pueden ser clasificados en este género. Empiezan por identificar un relato de Óscar Alfaro, Don Quijote en el siglo XX, como el primero donde se utilizan los recursos que caracterizan a la ciencia ficción, texto en el que ese noble y loco caballero realiza un viaje al futuro. Siguen con autores como Ernesto Camacho, Armando Montenegro, Ramiro Condarco Morales y Fernando Diez de Media que publicaron en la segunda mitad del siglo XX y otros en la primera década del XXI, en una trabajada introducción que se nos presenta como un breve ensayo de las tendencias de la ciencia ficción boliviana. Las antologías también se constituyen en un canon de la literatura nacional. En este caso muestran a 21 autores que se desplazan con mucha idoneidad en el género, con cuentos que pertenecen a Adolfo Cáceres Romero, Giovanna Rivero, Edmundo Paz Soldán, Rodrigo Antezana Patton, Arturo Von Vacano, Sisinia Anze, Fanny Escobar, Miguel Lundin, Daniel Averanga, Juan Carlos Capra, Ada Castellanos, Gonzalo Montero, Dennis Morales, Hugo Murillo, Harry Marcus, Gonzalo Lema, Fernando Aracena, Iván Prado, Miguel Esquirol y Homero Carvalho. Los antologadores señalan que Las remotas edades “es una compilación de cuentos de escritores cuyo pensamiento creativo se proyecta al relato sobre mundos, civilizaciones, sociedades, grupos e individuos que viven situaciones fantásticas que horadan el multiverso a través de portales dimensionales, túneles dentro del hiperespacio, túneles a través del tiempo para viajar al futuro o al pasado y de proyecciones utópicas y distópicas”.
jueves, 17 de julio de 2014
Reseña sobre la I Antología de Cuentos de Ciencia Ficción Boliviana
lunes, 26 de mayo de 2014
Distopia y rebelión: reseña sobre "Iris" de Paz Soldán
En la literatura latinoamericana contemporánea, la distopía ha sido un subgénero fundamental de la ciencia ficción para discutir problemas del entorno político y social. Iris, de Edmundo Paz Soldán, se inserta en esta línea. El autor había explorado parcialmente el género en Sueños digitales (2000) y El delirio de Turing (2003), pero aquí lleva al lector a un nivel de lectura distinto. Desde el lenguaje, la novela es experimental. El uso de neologismos, el espanglish, las onomatopeyas, la oralidad, las raíces de palabras en lenguas disímiles entre sí como el quechua o el chino, todo ello mezclado con un castellano del futuro, generan un extrañamiento. Se trata de un neolenguaje para narrar el futuro. Solo esto bastaría para señalar a Iris como una obra notable, un acierto del autor, que no busca imitar el típico lenguaje anglosajón, sino que se exige uno nuevo para la historia. Esta operación tiene un claro antecedente en La naranja mecánica (1962) de Anthony Burgess, que hizo lo propio en la creación de neologismos a partir de la lengua rusa. De otro lado, Iris se alimenta tanto de la tradición distópica literaria clásica como de la cinematográfica. Así como no habría sido posible haber creado esta novela sin Nosotros de Yevgeni Zamiatin, 1984 de Orwell, Un mundo feliz de Huxley o las novelas de Philip K. Dick, tampoco lo sería sin filmes como Blade Runner de Ridley Scott, Starship Troopers de Paul Verhoeven, Matrix de los hermanos Wachowski y hasta Avatar de James Cameron. Iris recoge temáticas previas de estas narrativas como la discusión sobre lo humano, el relato de acción militar, el uso de fármacos y drogas que plantean al interior del universo de ficción otras realidades alternas o paralelas, y la explotación colonial. Es una novela en donde el imperio contraataca. En ese mundo propuesto por Paz Soldán hay puntos clave. Uno de ellos es el problema de la identidad. Lo humano tal como lo conocemos no existe o, en su defecto, solo cambia. Completan el panorama otros seres artificiales: robots, humanos con implantes en el cuerpo o seres con memorias artificiales. El racismo se configura como fuente de poder en Iris, como medio para sostener el orden social, establecer jerarquías y diferencias con el otro. En ese contexto, ¿qué es lo humano? La respuesta queda abierta. El otro gran tema es la violencia, una que se genera desde quienes detentan el poder político: la corporación industrial SaintRei, que explota el mineral X503 de múltiples aplicaciones y que se encuentra en las montañas sagradas de esta región terrestre. La violencia vertical, que goza de su propio aparato militar, encuentra resistencia en las guerrillas de los irisinos, con sus ataques suicidas, comandada por Orlewen (guiño anagramático al autor de 1984), un líder con connotaciones religiosas dignas de un Mackandal de El reino de este mundo de Carpentier. La estructura de la novela, dividida en cinco partes con vasos comunicantes, logra construir un mundo posible, pero lo mejor es que no cierra la novela sino que plantea la discusión sobre si lo narrado (ocupación militar de Iris, resistencia y lucha independentista) no es acaso una alegoría de la imposición colonial en Latinoamérica y si habrá liberación auténtica.
jueves, 20 de septiembre de 2012
"Lluvia de piedra" de Rodrigo Urquiola reseñada
Hay muchas, muchísimas lecturas para Lluvia de piedra de Rodrigo Urquiola Flores, mención de Honor en el XII Premio Nacional de Novela, Bolivia. Se dirá que es lo mismo para cada libro. Puede ser, pero estimo que esto resalta en la ambiciosa novela de un joven autor como él. Novela introspectiva, donde lo externo juega un papel secundario, aunque parezca lo contrario, y la presencia de la lluvia, o el rumor de las piedras que arrastra el río, forman parte de un complicado esquema de vericuetos, fabulaciones, esquizofrenias por las que trashuma Esteban. Supuestamente hay dos extremos geográficos en los que se desenvuelve el personaje: Antofagasta y La Paz; La Paz y Antofagasta, que bien pueden ser ciertos o no, y en realidad poco importa, sirven para “airear” las páginas, darles un espacio abierto sin el cual el lector, tanto como el protagonista, se verían sofocados. Esteban huye de sí mismo ante la quizá posible ejecución de un crimen. Marianela, pareja y víctima circunstancial de sus temores, se hará recurrente, más y más -ya muerta-, a medida que el hombre retorna a sus raíces, al sueño idílico de un pasado fresco y gentil que jamás existió. En el vaivén de pretérito y presente lo único permanente es la lluvia, y es intemporal, moja las piedras y barros de la casa con percusión de diluvio, y, al fin, derribará los muros del hogar familiar de Esteban, cuyas ruinas intentaba reconstruir. Mitad de los capítulos van en ascenso y la otra desciende. La intención radica en ofrecer un cénit en el que la alegría se convertirá en tristeza y lo real en ilusión. A partir del momento, el deambular impreciso del personaje mueve el piso y la acción semeja representarse dentro de un vaho de reflexiones, flashes cronológicos, presencias fantasmagóricas; un ir y venir entre lo ido, lo actual y lo por venir, con un personaje acosado por obsesiones contrapuestas, atisbos de esperanza y un inesperado final que diríamos destruye el velo sombrío que nos ha acorralado
jueves, 23 de agosto de 2012
Giovanna Rivero reseñada
Bicho y Mateo son tres viajeros en caída libre. Su nave Helena 2022 tiene como destino la Tierra sin nombre. Pero debido a los campos magnéticos de antiquarks, aparecen en el pasado, en la Italia de la Inquisición y el juicio a Galileo. Helena 2022: la vera crónica de un naufragio en el tiempo de Giovanna Rivero es una apuesta por la fuerza de la nostalgia y el temor al futuro o la idea que tenemos de él. Las habituales señales de identidad de la obra de la cruceña Rivero van surgiendo sin hacer ruido: como la historia de amor y sexo entre uno de los viajeros y la “chica albina”, acusada de brujería. Catalogada por la propia editorial La Hoguera como literatura juvenil de ciencia ficción, la pequeña novela, de 119 páginas, pasa sin apenas chirriar de un lenguaje clásico del género fantástico al costumbrista con guiños al Siglo de Oro español, a Hansel y Gretel, entre otros. Helena 2022: la vera crónica... no tiene pretensiones, apunta a ser una obra “menor” pero fluye con soltura. Al final, sabe a poco, peca de falta de ambición, de vuelo; se pierde ligeramente en ese buscado cruce de géneros; y los protagonistas quedan a la deriva, sin retorno y sin poder atrapar al lector con más fuerza.
lunes, 9 de abril de 2012
Escritor boliviano Maximiliano Barrientos reseñado en España
Sigue leyendo la nota pinchando aquíSi les digo que he leído una historia de dos estrellas del porno que escapan de un paupérrimo reality show y se dejan llevar por la carretera y la magia de un Chrysler quizá piensen que les estoy anticipando el argumento de algún inédito de Fernández Mallo. No, no va de eso la cosa, y además lo saben porque leen esta reseña, lo que presupone saber que nuestro autor se llama Maximiliano Barrientos. Es boliviano, tiene treinta dos años y una prometedora carrera por delante. ¿Prometedora? Esa etiqueta es odiosa. Elimínenla. Digamos que el chico tiene un espléndido presente porque a su corta edad maneja un envidiable dominio del tempo que debe tener un texto en prosa. No lo decimos así, a lo loco. He leído las dos obras que Periférica le ha editado en España- Hoteles y Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer- y percibo rigurosidad en el estilo y una fuerte voluntad de activar la palanca de la reflexión con una literatura que nade con lo posmoderno sin perderse en cloacas que siempre sobran más. Barrientos vino para quedarse, pero curiosamente no ejecuta ese mismo movimiento con sus personajes. Es un titiritero cruel, consciente de lo efímero en la alegría e implacable al tratar la longevidad del fracaso y las frustraciones de cada existencia, porque poco importa el género o la fortuna económica, en las historias del boliviano las telas del conformismo visten al conjunto de manera casi inexorable. En Hoteles tres voces ahondan desde el desconsuelo del no lugar. Dos son adultas y otra es infantil. Andrea observa y en ella cada parcela del viaje es una pequeña epifanía, lo que no le impide comprender un poco ese universo ajeno de Tero y Abigail, los fugados del sexo. Repito. Un coche, mucha carretera, una pareja desparejada y una niña que sabe latín. ¿Resultado previsible? Una road-movie a la americana seria la crónica de un topicazo más, batería de lo redundante. No. El boliviano dota a sus tres héroes de protagonismo y nos adentramos en una aventura psicológica donde el transitar entre moteles, bares de mala muerte y televisores encendidos nos conduce a la revelación de carencias, insatisfacciones y sueños truncados que el vacío resucita. Antiguos amores, tumbas de alemanes, borracheras indecentes y un extra añadido en forma de documentalista sin nombre que ve en la trama que les hemos resumido una oportunidad de oro que asimismo da pie a la trascripción de la experiencia, recuperando el recuerdo, con lo que la soledad de las habitaciones y las sábanas usadas se desvanece hasta el punto de cancelar cualquier atisbo de intimidad. Lo privado deviene público y la confesión de la nada carne televisada de la que nosotros, si lo analizamos desde una cuestión de soporte, somos lectores del guión, suma de retales que por cómo se ha concebido trasciende lo fílmico. (...)
Más información en:
Biografía
Reseña en "La tormenta en un vaso"
Blog de Jordi Corominas i Julián
miércoles, 21 de marzo de 2012
Reseña del libro "Click" de Christian Vera
Continua leyendo aquíDe un tiempo a esta parte es posible percibir que desde distintas perspectivas, profesores, críticos y periodistas culturales se esfuerzan por proyectar una imagen de la literatura que no deje duda acerca de su valor social, de su trascendencia. Sobre todo ahora, en tiempos de discurso revolucionario, cuando está por implementarse (otra vez) un cambio radical en el sistema educativo. Cierta urgencia parece impulsarnos a convencer de que nuestro oficio debería tener un lugar destacado en la vida social y, por lo tanto, en los programas educativos. Así, se propone que la literatura es un instrumento humanista privilegiado, que permitiría a los estudiantes de colegio tener una visión del mundo amplia y compleja. Según esta idea, estar en contacto con la literatura haría que los niños y adolescentes se relacionen mejor con el mundo o, como nos gusta decir a los profesores, que sean “mejores personas”. Tengo la sensación de que estuviéramos intentando desesperadamente disfrazar de damita santa y recatada a una chica impúdica, provocadora y promiscua, que te lleva y te trae, te manipula, se apodera de ti, rompe con tu frágil mundo de certezas, usa lo poco que sirve de ti y luego se despide con una sonrisa perversa, dejándote maltrecho y feliz. Parece que quisiéramos presentarla en sociedad y quedar bien, pero nos angustia saber que eso es imposible. Creo que Click, la primera novela de Christian Vera (Editorial El Cuervo, 2012), admite entre sus posibles lecturas ingresar a esta discusión, pues en el ruido remanente que escuchamos tras la trama, aparece la certeza de que la ficción literaria se hace potente sobre todo cuando se aleja de lo edificante, cuando se arma en los márgenes de lo intrascendente, y apuesta por introducir ruido, mucho ruido, a nuestras ingenuas verdades cotidianas. Click no admite un resumen que no sea al mismo tiempo incompleto e impreciso. La historia comienza a las 7.53 de la mañana y termina a las 8.58. Un poco más de una hora en la que no ocurre casi nada y ocurre todo. Un insignificante recorrido y un hecho que transforma violentamente el mundo. Durante esa hora, un profesor de literatura camina: va rumbo al colegio, ingresa por el patio, entra a la sala de profesores, da una clase, se indispone, vuelve a su casa y click. Más un vórtice que una trama, la narración nos introduce al agujero negro de la inestable, perturbada y paranoica mente del profesor. Partiendo de ese recorrido lineal y monótono (la caminata desganada, los minutos implacables de la primera hora de la mañana), como si se ralentizara al máximo, durante ese puñado de minutos nos absorbe un denso y extraño mundo poblado de historias que se superponen. El colegio en el que trabaja el profesor de literatura fue antes una prisión, un hotel de lujo, un manicomio y una mansión presidencial. Es, por tanto, una vetusta casa, atacada por el musgo y en la que, sobre todo, se acumulan las historias. Está ubicado en lo alto de una colina y, como una típica casa de terror, está rodeada de un bosque en el que han ocurrido crímenes horrendos y por el que circulan presencias sobrenaturales. A ello hay que añadir que el profesor estudió en ese colegio y que su madre enseñó ahí. Es decir que, como apunta el narrador, está en el colegio desde que era un gameto. (...)
martes, 20 de marzo de 2012
Reseña de Vacaciones Permanentes de Liliana Colanzi
Conocí a Liliana Colanzi, como a cada vez más autores, en internet. Por supuesto, no en un evanescente chat room ni en las famosas redes sociales que hoy son como los antros de moda donde se supone debe estar todo mundo para figurar o, en rigor, no desaparecer del mapa. Con tintes de serendipia, encontré algunos de sus cuentos y trabajos periodísticos: artículos y entrevistas sobre literatura, cine, música. Salinger, Fogwill, Fuguet, referencias a Wes Anderson, a la Coca-Cola, a Wendy Sulca: todo un mundo pop, más que cercano, compatible. Conecté de inmediato. Fue interés al primer click. Supongo que por tener un amigo en común, también boliviano, pude contactarla. Supe así que Liliana Colanzi nació en Santa Cruz, en 1981. “Se graduó de Comunicación en la UPSA y de Estudios latinoamericanos en Cambridge”. Actualmente cursa el doctorado en Literatura comparada en la Universidad de Cornell, ha publicado en Etiqueta Negra y Los Noveles, además de ser incluida en diversas antologías. Es colaboradora de Americas Quarterly y en 2009 coeditó para Aguilar la antología de no ficción Conductas erráticas. Colanzi resultó ser simpática y creativamente inquieta. Tanto que en 2010 publicó en Editorial El Cuervo su primer libro de cuentos: Vacaciones permanentes. Con un título tan sugerente y una vertiginosa óptica de sillas voladoras en la portada quise leerlo de inmediato. No hubo necesidad de tercera, aunque la primera no resultó. La segunda vez fue la vencida. El primer intento por hacerme de Vacaciones permanentes se extravió en el correo mexicano. Mal. No se puede confiar en él. Por alguna razón poco y nada extraña, el libro no llegó a mis manos. Ojalá haya quedado en el poder curioso de algún integrante de la oficina postal o entre las pertenencias de un cartero aficionado a la literatura. Pero nunca se sabe. En todo caso, y no sólo por el incidente, me gustaría pensar que Liliana Colanzi es cada vez más leída en México. “1997”, “Rezo por vos”, “Retrato de familia”, “Vacaciones permanentes”, “El fin de semana estaré bien”, “Banbury Road” y “Tallin” son los cuentos que conforman el debut solista de Liliana Colanzi. Son siete relatos que pueden leerse de manera independiente, pero al mismo tiempo entrelazados, que también guardan la unidad necesaria para entenderse como una sola historia que se desplaza episódicamente en el tiempo. Lo primero que sorprende en Vacaciones permanentes es la madurez narrativa y de perspectiva vital que muestra Colanzi, la precisión y economía de su pulso literario para exponer la esencia de sus personajes, sus conflictos y estados interiores, así como la fuerza concentrada de sus poderosos y fisurantes diálogos que adentran en el pensamiento más íntimo y a veces doloroso de sus protagonistas. 130 páginas le bastan para inscribirse en el panorama de las letras latinoamericanas como una autora de finos, variados y sobre todo eficaces recursos literarios, que plantea una propuesta contemporánea y original, en la medida que nace de su propia inquietud pero a través de personajes y situaciones completamente verosímiles es capaz de conectar con una realidad cada día más cotidiana y generacional que no puede negar la incertidumbre y el desencanto de su carnet existencial
martes, 28 de febrero de 2012
Almudena Grandes reseñada
"El corazón helado" de Almudena Grandes reseñado en el club de lectura "Sin Inspiración", dice la reseña:
Más información en:El corazón helado de Almudena Grandes: El día de su muerte, Julio Carrión, poderoso hombre de negocios cuya fortuna se remonta a los años del franquismo, deja a sus hijos una sustanciosa herencia pero también muchos puntos oscuros de su pasado y de su experiencia en la Guerra Civil y en la División Azul. En su entierro, en febrero de 2005, su hijo Álvaro, el único que no ha querido dedicarse a los negocios familiares, se sorprende por la presencia de una mujer joven y atractiva, a la que nadie había visto antes y que parece delatar aspectos desconocidos de la vida íntima de su padre. Raquel Fernández Perea, por su parte, hija y nieta de exiliados en Francia, lo sabe en cambio casi todo sobre el pasado de sus progenitores y abuelos, a los que ha preguntado sobre su experiencia de la guerra y del exilio. Para ella sólo una historia permane-ce sin aclarar: la de una tarde en que acompañó a su abuelo, recién regresado a Madrid, y visitaron a unos desconocidos con los que intuyó que existía una deuda pendiente. Álvaro y Raquel están condenados a encontrarse porque sus respectivas historias familiares, que son también la historia de muchas familias en España, desde la Guerra Civil hasta la Transición, forman parte de sí mismos y explican además sus orígenes, su presente. También porque, sin saberlo, se sentirán atraídos sin remedio. Con El corazón helado Almudena Grandes nos entrega sin duda su novela más ambiciosa, en la que traza a través de dos familias un panorama emocionante de la historia reciente de nuestro país, y también del conflicto de las nuevas generaciones con la memoria.
El corazón helado
Sinopsis en lecturalia
miércoles, 22 de febrero de 2012
Auster reseñado
Diario de invierno, de Paul Auster, es un puzle autobiográfico que alterna páginas anodinas con episodios de alta graduación emocional y evocaciones soberbias, capaces de enaltecer cualquier momento insignificante de la vida cotidiana 0 Twittear 22 Enviar Compartir Compartir TuentiMenéameEnviar Imprimir Siguiendo la estela elegíaca o nostálgica de otras aventuras otoñales de grandes narradores contemporáneos en busca de la propia identidad y liberados a través de la confesión ficcional, -Pelando la cebolla o La caja de los deseos de Günter Grass, Hombre lento de Coetzee, Elegía de Philip Roth, Se está haciendo cada vez más tarde de Tabucchi, Calle de las tiendas oscuras de Modiano-, Diario de invierno completa, con impudor, ironía e introspección elevada a la enésima potencia las tentativas autobiográficas que Paul Auster inició con El cuaderno rojo (1993) y A salto de mata. Crónica de un fracaso precoz (1997) y que trazan la vida de este chico judío y cosmopolita pero sumamente americano que, como Nabokov, Henry Roth o Richard Ford, quiso también compartir con sus lectores una versión novelada de su verdadera vida, una historia verdadera como la que proclamaba en El cuaderno rojo. La sofisticada retórica de la segunda persona elegida por el autor de Leviatán controla un discurso monológico que formalmente quiere presentarse, literalmente (y literariamente), como un diálogo de Auster consigo mismo, pieza teatral en un acto en el que Mr. Auster recuerda a Paul desde su tierna infancia en Nueva Jersey hasta su vida feliz con Siri Hustvedt en su residencia de Brooklyn, un desdoblamiento al parecer inevitable a juzgar por lo que el propio Auster escribió en Experimentos con la verdad, a saber, que "en el proceso de escribir o pensar sobre uno mismo, uno se convierte en otro". Y Diario de invierno, su esmerado autorretrato con retoques, como los de Beckmann, Hockney o Lucian Freud, en ocasiones un diario personal consigo mismo por persona interpuesta y por momentos unas memorias en toda regla, podría verse con las mismas lentes con las que Auster observó que su novela La invención de la soledad no respondía a una autobiografía propiamente dicha, sino a "una reflexión sobre ciertas cuestiones, conmigo como personaje central". ¿Qué cuestiones son las que se abordan aquí? Su condición judía, su condición cosmopolita (un trotamundos de Nueva York a Nueva York con escalas en medio mundo y años de trasterrado en París como un rezagado escritor bohemio de la Generación Perdida de Dos Passos), su condición humana (la sexualidad adolescente, retratada aquí de forma convencional, sin que el talento venza al tópico; la pertenencia a un árbol genealógico de cuyas ramas cuelga un asesinato; la tristeza por la pérdida de los progenitores; su educación sentimental, la felicidad conyugal y paterna, la conciencia de la decrepitud física), su condición de inquilino de veintiuna sedes inmobiliarias listadas y descritas à la mode de Perec, como especies de espacios, y su condición de escritor, esto es, de lector, que ya avanzó en A salto de mata y en su novela alegórica Viajes por el Scriptorium, y que se encarna en su máquina de escribir Olimpia, su tesis con Edward Said o sus novelas de éxito. Al fondo se percibe su condición política, de izquierdas, of course (lo que sea que signifique eso para el Tío Sam). Bienvenidos al paraíso de la memoria afectiva de la mano de esa bendita impostura literaria que juega a las cartas con la verdad y acaba siempre venciéndola. Diario de invierno (o ¿Quién soy yo? Segunda parte. Crónica de un éxito atroz) es un puzle sentimental que alterna algunas páginas anodinas con episodios de alta graduación emocional y evocaciones soberbias, capaces de enaltecer cualquier momento insignificante de la vida cotidiana. Es el libro de las ilusiones y los desengaños. Es el libro de la vida de un hombre, pero admitamos que es sobre todo el libro de la vida de un escritor, capaz de crear un mundo entero de sensaciones alrededor de un retrete atascado o del cuerpo de una madre muerta, el libro de una persona "precaria y dolida, un hombre que lleva una herida en su interior desde el principio mismo, ¿por qué, si no, te has pasado toda tu vida adulta vertiendo palabras como sangre en una hoja de papel?". Ahora "has entrado en el invierno de tu vida", Paul, se dice Mr. Auster. Por eso te inquieta esa herida y rastreas aquí su origen.
martes, 31 de enero de 2012
Ferrufino-Coqueugniot reseñado
Semanas después de conocerse el fallo del jurado del Premio Nacional de Novela, se habló mucho de las cualidades narrativas de Claudio Ferrufino-Coqueugniot (CFC). No obstante, el debate centrado en los recursos formales y estilísticos del oficio corrió en desmedro del análisis de contenido y sus diversas interpretaciones. A partir de este espacio se propone reencauzar el curso de las discusiones. No resultará extraño que la novela desate polémica. Si bien esto derivaría positivamente en la apertura de renovados espacios de diálogo, deben evitarse las lecturas apresuradas que degenerarían la complejidad de la obra en prejuicios pacatos y tendenciosos, capaces de provocar su censura. A primera vista, el libro ofrece un personaje sórdido, impregnado de fetiches y hábitos patológicos. Aun así, nos resulta atractivo, siendo esta confrontación de emociones el anzuelo usado por el novelista para envolver al lector que, con el transcurrir de las páginas, se convertirá en cómplice y autor de crímenes espantosos. Los límites de la imaginación y la decadencia son tan cercanos como imperceptibles. UNA DEPRAVADA HUMANIDAD. Los capítulos iniciales parecen proponer un manifiesto ético y estético, denotando la ambición del autor respecto a los alcances de su obra. A su vez, una serie de secuencias anecdóticas deviene en la diagramación milimétrica del universo total de Diario Secreto. Muestra clara de la fortaleza narrativa de CFC, ya demostrada en trabajos anteriores (El señor don Rómulo, Segunda Mención Premio de Novela Casa de las Américas 2002; El exilio voluntario, Premio de Novela Casa de las Américas 2009). Llegado este punto conviene reconsiderar la lectura. Si enfilar el dedo índice hacia el prójimo y azuzar el fuego del veto son nuestro pasatiempo preferido, no valdrá la pena desperdiciar las fiestas navideñas para adentrarnos en el sombrío territorio esbozado por CFC. Oscuridad que, por cierto, no es ajena a ninguno de nosotros. De esta última afirmación puede deducirse que la novela es una interpelación directa al lector, mediante la visibilización de sus pulsiones más básicas y ecuménicas, quien, estremecido en el banquillo de los acusados, no podrá hacer más que admitir su violencia y depravaciones. Adentrándonos en la historia, impresiona un capítulo en especial. En él, uno de los personajes secundarios nos introduce a su relación con el principal. Quizás el minucioso relato de ese microcosmos propicie la certeza de saber que somos víctimas de un cruel prestidigitador que no hace más que proporcionarnos sufrimiento. Una extraña metáfora que nos concibe dioses y mártires a la vez, una elaborada forma de oxímoron. En todo caso nada más impresionante que esta revelación. Habiendo abordado los develamientos, quizás el más triste sea el de saber que este psicópata no es un personaje ficticio, sino la humanidad entera. No será difícil reconocer frases cotidianas que, en este caso, son presentadas como las de un demente. Triste constatación de nuestras miserias. REVALORIZACIONES. De igual forma, los personajes exponen una racionalización exacerbada, casi a modo de justificación, de comportamientos malsanos y sin embargo inherentes al ser humano. Rotunda contradicción en la que nos sumerge CFC. Es así que asumir la humanidad desde la sangrienta experiencia de la memoria se constituye en una actitud frente al mundo. Reconstruirnos desde nuestro morbo por el sufrimiento y el dolor para prescindir luego de estos rústicos pastiches de humanidad. Ir aún más allá de la realidad expuesta, transgredirla, penetrarla, traspasarla. Asesinar el tiempo y sus evocaciones, quedar suspendidos en las insondables praderas de lo eterno, la divinidad hecha carne. Entonces entra en escena la sexualidad entendida como ritual. Resulta necesaria la revalorización del sexo como elemento esencial de transgresión en tiempos en los que pululan manuales de felación y cunnilingus. Una enajenación de la sexualidad a las huestes del desparpajo moralizante y sublimante. Una vez más, la exaltación de las pulsiones primarias. ¿Desenfreno y perversión para vaciar de maldades el mundo? Una alternativa más. (...)
martes, 17 de enero de 2012
Pettinato reseñado
En La isla flotante, el tema es todavía más personal y, tal vez por eso, más evidentemente serio: la historia de amor de sus padres, Clara y Roberto, en medio de un período turbulento de la historia política argentina (¿pero cuál no lo fue?): el primer peronismo y su derrotero después de la Revolución Libertadora de 1955. Roberto Pettinato (padre) fue director del Sistema Penitenciario Argentino durante los dos primeros gobiernos de Perón, y llegó a tener trato directo con él y Evita. Clara, por su parte, se unió a él desoyendo el mandato familiar (“Siempre serás la mujer de un divorciado”). Lo cierto es que esa vida en común estuvo, desde entonces y para siempre, íntimamente vinculada al devenir público del país: caído el peronismo, la pareja debió refugiarse un año y medio en la embajada de Ecuador (donde nació Pettinato) esperando un salvaconducto para escapar del país. Más tarde, Clara regresó con sus hijos a la Argentina mientras su marido debió permanecer en el exilio durante varios años más. Esa es la historia que, no siempre de manera lineal, Pettinato reconstruye en el libro. Tiene una ventaja: un material biográfico increíblemente rico con el que trabajar. La primera decisión que toma como autor es acertada, aunque algo peligrosa: poner el foco sobre la madre (su marido es, de hecho, “El Hombre de Clara”). Esto puede deberse a cuestiones de posibilidad (el padre había muerto mucho antes y la reconstrucción de la historia depende del testimonio materno), pero tiene un efecto argumentativo claro. La madre es, en esta historia, la mujer que sufre (que sólo puede sufrir) por partida doble –un marido caído en desgracia y poco fiel; una familia que debe comandar sola– y aún triple –porque también ella sufre la derrota como peronista–. El libro se convierte así en el registro de esa derrota pública y privada, y de los días que siguieron a ella, en los que la euforia de un momento se convirtió, lenta pero inexorablemente, en indolencia. Una escena de la novela resume bien esa condena perpetua a la que Clara está sometida: “El sol, decían los vecinos del barrio, pegaba en todos los frentes menos en aquella casona cuadrada y arquitecta. Los niños, de solo verla, aprendían a cruzar y seguir su camino al colegio”. Ese cuadro de la casa oscura funciona como síntoma de lo que a Clara le toca en suerte: una vida estoica, casi reducida a ciertas relaciones extrañas (casi fetichistas) con la casona y los objetos que la pueblan, y también con los recuerdos. De cualquier manera, se lamenta que Pettinato no intente explorar más esas relaciones antes que volver, una y otra vez, sobre el sufrimiento de Clara, que siempre está al filo de convertirse en un estereotipo. Más allá del modelo de la mujer que da todo sin obtener nada a cambio, lo que puede leerse en cómo la familia se va deshaciendo, como una isla flotante, después de 1955, es una imagen vívida de lo que sucede en cualquier régimen político: aunque todos –adherentes y detractores– actúen como si no fuera a terminar nunca, siempre llega a su fin.(...)
martes, 3 de enero de 2012
Martín Caparrós reseñado en Revista Ñ
Es evidente que a Martín Caparrós le preocupa la forma. Una estructura narrativa que genera desconcierto pero potencia el relato. En algunas de sus crónicas, por ejemplo, rompe la linealidad con inserciones de textos ajenos (puede ser un poema, una nota). En el caso de Los living, ganadora del Premio Herralde de Novela 2011, ese rompimiento antecede (y complementa) el relato que construye la trama como parte de un ambicioso tejido narrativo. Un juego temporal en el que arroba con humor la pesadez de la melancolía y en el que dos relatos al parecer complementarios, ambos con el mismo protagonista pero en distintos momentos y posiciones, confluyen paralelos aunque con voces y tiempos narrativos diferentes hasta que coinciden y acaban por fundirse. Caparrós empieza desconcertando, pero a la vez situando al lector en el tema de su “farsa trágica”: los muertos. “Sabe, en este caso, sin ir más lejos, que si le dijera convencer a todos esos muertos, Carpanta lo llamaría delirante, infradotado o quizá rastacuero porque los muertos –él lo sabe, cualquiera lo sabe– son los sujetos más increíblemente testarudos: que nadie es más difícil de convencer que un muerto”. Puro desconcierto. Aparente sinsentido. Una ruptura disparatada y provocadora. Así es esta especie de capitulación alternativa (titulada con un ML más una numeración sucesiva) que se intercala con una identidad tipográfica propia –el empleo de cursivas– y una carencia de indexación. Algo así como escenas fantasma que buscan su acomodo en la línea argumental hasta que por fin se alcanzan. Caparrós emplea la tercera persona para que el narrador pueda analizar en estos apartados, distanciada pero juiciosamente, incluso los pensamientos que el protagonista es incapaz de manifestar. Y todo en un presente distinto al de la narración principal, que se hilvana a partir de un largo flashback . El protagonista de Los living –ese término para designar la sala de estar pero que al mismo tiempo parece guiño hilarante a la condición zombi– es el pequeño Nito, a quien el autor de Contra el cambio somete a un nacimiento minimizado. “Esa mañana, mientras yo nacía, se murió Juan Perón, y todos querían mostrar a quién sabe quién que nada más podía importarles”. Esa mañana era la del 1° de julio de 1974. Caparrós, encima, bautiza a Nito (en realidad uno de esos sobrenombres que suelen imponerse por costumbre hipocorística) como el general que gobernaba la Argentina. “Bobby me contó que mi padre me había puesto Juan Domingo como un chiste torcido, su forma de celebrar que aquel día la Argentina se había ‘librado del tirano’: como quien dice ahora Juan Domingo es otro”. (...)
jueves, 24 de noviembre de 2011
Alejandro Zambra, reseñado
Más información en:En Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra, novela que juega al límite con la posibilidad de ser autobiográfica, la madre del narrador –un joven escritor que visita la casa paterna– le pide opinión sobre un libro que a ella le gustó mucho. Para el narrador el libro es malo y esa es su respuesta tajante. De esa noche, en la que trata de dormirse en su cuarto de infancia, evoca: “Me dormí recordando la voz de mi madre diciéndome: ‘Deberías ser más tolerante’”. En mi caso, debo decir que la recomendación de leer esta deslumbrante novela de Zambra, como tantas otras que suelen dar en el blanco de mis preferencias literarias, se la debo a mi hijo. El, sin mostrar excesivo interés en esas preferencias mías, parece sin embargo estar poniendo a funcionar una especie de intuición familiar que tal vez sea genética. Julia Kristeva, cuya conferencia “Ser madre hoy” acabo de escuchar en el marco del honoris causa que le otorgó la UBA, negaría que se trate de una intuición genética. Arriesgada como siempre, la pensadora se atreve a reflotar términos casi anacrónicos como amor, pasión, o incluso madre, para construir la sugerente noción de “pasión materna” que vendría a desbiologizar el vínculo con el hijo, devolviéndole a la mujer esa capacidad sublimatoria que hasta ahora el psicoanálisis atribuía a la función paterna. La pasión materna, en cambio, no es una función sino una experiencia de amor por la que la madre, al transmitir el lenguaje, transmite a un tiempo pasión por ese lenguaje. Así, dejando en un acto de desprendimiento que el otro lo haga suyo, ella también aprende a hablar de nuevo. Tal vez tanto en el caso de la madre zambriana como en el mío propio, cada una a su modo, transmitimos y nos dejamos transmitir en un ida y vuelta donde el lenguaje no es instrumento sino experiencia. Y ese otro término anacrónico, “tolerancia”, que ella le pide al narrador, podría servir también para aludir al desprendimiento que haría posible pensar la literatura no como un artificio avalado por el gusto sino como otra de las formas de volver a casa.
Alejandro Zambra
Sobre su novela "Formas de volver a casa"
viernes, 12 de agosto de 2011
Máximo Pacheco B. reseñado
Máximo Pacheco Balanza, autor de "La nochecomounala", Premio Nacional de Novela 2010
Fragmento de la reseña:
«¿Alargar, ¿es genial o no es genial?», escribe Macedonio Fernández en su única novela publicada: Una novela que comienza. En el caso de esta obra: alargar es genial. 1. Por la ironía, el juego al que nos introduce el autor: prólogos y más prólogos escritos sobre una novela que jamás tendrá inicio. 2. Por el humor que a veces es crítica, que a veces es chanza. Macedonio se ríe de sí mismo, se ríe de la literatura, se ríe del papel que desempeñaba el escritor en aquella época (principios del siglo XX): serio y lacónico, serio y comprometido, serio y mustio.
En el caso de La noche como un ala: alargar no es genial. Con esta obra, Máximo Pacheco ganó el Premio nacional de novela 2010. En la contratapa dice: «La noche como un ala recrea los tiempos de la Colonia desde una nueva perspectiva, privilegiando las tensiones que se suscitan a partir del encuentro entre lo indígena y lo criollo desde una visión religiosa y ritual». Dos preguntas: ¿La literatura sólo debe recrear? O mejor: ¿La máxima misión de la literatura es recrear? ¿Qué nueva perspectiva establece esta novela sobre los tiempos de la Colonia?
Antes de responder a estas preguntas es necesario hacer una breve sinopsis de la obra: La noche como un ala posee dos tipos de capítulos. Capítulos que describen (sólo describen) los preparativos para erigir a una momia llamada kuraka Aira Ampu. Capítulos que narran (y describen) la historia del licenciado Pozo que tiene la obsesión de coleccionar momias, además de tener la misión de realizar la mejor fiesta de Corpus Cristi. Nudo de la trama: el licenciado Pozo le confía su secreto al padre Urreda. El padre Urreda no está de acuerdo con que el licenciado Pozo coleccione momias. Es anormal. Es herejía. Final: el padre Urreda intenta impedir que la fiesta de Corpus Cristi se realice. Final de vuelta de tuerca: ¡Sorpresa! El licenciado Pozo había estado muerto hace muchos años. Entonces se infiere que el padre Urreda está loco. Entonces se infiere que el padre Urreda habló con un fantasma. Forma de escritura: se intenta utilizar el estilo que utilizaban los cronistas de la Colonia.
"El lugar del cuerpo" de Rodrigo Hasbún reseñado
En el blog de Ecdótica aparace una reseña de Ricardo Bajo sobre el libro El lugar del cuerpo de Rodrigo Hasbún. Aquí un extracto de la reseña:
Los relatos (y la primera novela) de Rodrigo Hasbún son como esas películas en que no pasa nada. O parece que no pasa nada. Elena es una anciana que recuerda y escribe. Recuerda las violaciones en la casa familiar. Escribe sobre sus sueños de escritora, recuerda sus amores y sus noches de sexo y soledad. Momentos, abandonos, familias feas, daños, miedo a la muerte, tristezas extrañas, soledad y heridas que parecen cerradas. Es El lugar del cuerpo del escritor boliviano joven (¿se es joven con treinta años?) más proyectado fuera de nuestras letras nacionales. Segunda edición lanzada hace unos meses (en 2010) por Alfaguara después que la primera edición viera la luz en 2006 de la mano de la editorial paceña Gente Común.
Estilo eléctrico, endemoniado, parco, sin adornos. Estilo a estas alturas y después de años de laburo obcecado que configura una marca de autor que Hasbún ha sembrado ya en sus cuentos y en esta primera novela reeditada. Estructura trabajada con saltos en el tiempo, con diarios yendo y viniendo, con una obsesión por la palabra acertada, por el inicio perfecto y contundente, por ese mecanismo de relojería que viene a ser la literatura, con alma de artesano. Rasgo común a ese conjunto de escritores bolivianos que a falta de creer en algo, depositan su fe en la palabra, en la literatura.
Las familias son feas porque se destruyen o contemplan esa posibilidad. Todos tenemos secretos y nos da miedo que se sepan. Está bien sentir miedo. Ellos, monstruos o dioses, debían romperse a solas. Los hermanos, las madres y los padres deberían desaparecer, perderse, no decir nunca nada. Frases de Elena, sentencias que vienen a pintar el mundo de “Tico” Hasbún, desengañado, sin risas ni humor que salve, tentando siempre con los relatos tristes, profundamente amargos y amargados, refugiados siempre en un sexo que rescata, sexo sobrevalorado, excusa para la huida, la fuga. Tirar o morir, venceremos
Sergio Ramirez premio Bienal de Novela "Mario Vargas Llosa"
El escritor nicaragüense Sergio Ramirez se alza con el premio de la VI Bienal de Novela Mario Vargas Llosa con su obra "El caballo dora...
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