Mostrando entradas con la etiqueta Gonzalo Lema. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gonzalo Lema. Mostrar todas las entradas

viernes, 26 de mayo de 2017

Primeras páginas de "Que te vaya" como mereces de Gonzalo Lema en Zenda

Portada del libro editado por RocaEditorial

En los adelantos editoriales promocionados en la página literaria www.zendalibros.com podemos encontrar la promoción de  la última obra del escritor boliviano Gonzalo Lema, ganador del XI premio internacional de novela negra L’H Confidencial 2017; dice la nota:

Santiago Blanco es un investigador policial retirado. A sus cincuenta y seis años, tiene una novia, Gladis, que atiende un puesto de comida frente al edificio en el que él trabaja como portero. Ese edificio es del coronel Uribe, que lo contrató cuando Blanco renunció a su puesto y llegó a vivir debajo de un puente. Un viejo delincuente reciclado como camarero llamado Abrelatas le pide ayuda para encontrar el cadáver de su hijo, robado de la morgue. En medio de una investigación macabra, y ante la visión desoladora de una realidad corrupta, Santiago Blanco deberá resolver al mismo tiempo su futuro sentimental y existencial. Un relato de denuncia que supone una crítica brutal a los estamentos de poder bolivianos, a los bancos arruinados, a la corrupción política, protagonizada por un personaje que dejará huella en el lector y le recordará al mejor Philip Marlowe de Chandler. A continuación puedes leer las primeras páginas de Que te vaya como mereces, de Gonzalo Lema. «¿Y por qué no vendemos este país tan feo y compramos uno bonito junto al mar?» Negro sonso. Negro ignorante. Las cosas que decía como si nada. ¿Ya le tenía tanta confianza para hablarle así? ¿A su jefe? Santiago Blanco se sonrió nostálgico, porque de inmediato lo recordó hablando mal de los indios: «Mírelos, jefe. No son humanos, sino animalitos». Eso decía. Con su índice los apuntaba acusadoramente. («¡Bajá esa mano, che!») Él todavía conservaba alguna imagen de la carrocería de aquel viejo camión pese a los tantísimos años transcurridos. Todos montados sobre las duras y puntiagudas cargas de papa y otros tubérculos. Los quechuas y los aymaras envueltos en sus mantas. Inescrutables. Sin oponer resistencia al zarandeo ni al polvo inclemente del camino pedregoso trepando la áspera montaña. Y sin mirar a nadie. Sin quejarse. Sin reír. Sin hablar entre ellos, tampoco. ¿Y él, qué esperaba? ¿Que hicieran reverencias al usurpador? ¿Al colonialista? Al diablo. Vaya, carajo. Negro pelotudo. Además, ellos mismos apenas eran unos cholos. Y, para colmo, policías cholos. Ninguna gran cosa. «Mejor te callas, Negro. Y mejor si piensas en algo bueno». ¿Y de cómo diablos se acordó del Negro? Santiago Blanco movió los pies en el piso, como los tordos, y se acodó mejor en la baranda del puente para observar en detalle, con calma y con placer, el gruesísimo turbión del río Rocha querido. Una lluvia bíblica había caído al amanecer cubriendo la ciudad, las bellísimas colinas de San Pedro y de San Sebastián y las lejanas montañas que en días sin lluvia se mostraban azules. La lluvia llegó del sur, metiendo bulla como una banda de guerra en tiempos de golpes de Estado. Y Blanco se sobresaltó al colmo en su catre de una plaza. Primero pensó eso: los militares volvían al poder, pero luego creyó que vibraba la Tierra y rápidamente decidió estarse de pie bajo la viga de la puerta. De pronto se ensordeció con el golpe del agua contra la calamina de su pequeño cuarto y recién comprendió que por fin llovía sobre la ciudad. Se avergonzó de tanto temor. Se cubrió el cuerpo gordo con una chaqueta impermeable, se montó en sus abarcas de indio y trepó las gradas sin flojera, aunque bufando, hasta la misma azotea en el octavo piso. La lluvia lo era maravillosamente todo. Desde esa altura observó un poco de cielo y un poco de ciudad, y, sin ningún motivo racional, pensó en quien fuera su ayudante en los remotos y duros tiempos de la policía nacional: el negro Lindomar Preciado Angola. Se sonrió. «¡Qué simpático tu nombre, Negro! Seguramente te bautizaron en el Comité Pro-Mar». Su cabello menudo, trenzado en una maraña como virutilla para lavar vajilla fina. Sus cachetes inflados, vibrantes, propio del trompetista (pero él era tamborilero del montón en la banda de música de la policía). Sus ojos grandes, globos amarillos expectantes, que se llenaban de lágrimas cuando recordaba el paraíso de su Chicaloma en los Yungas de La Paz. Un jovencito apuesto, era verdad. Cholero a morir. Como nadie nunca visto. —Mis padres quisieron aprovechar mi apellido, jefe. Además mi gente vivía frente al mar en el África. Es nostalgia pura. Encima soy nacido el 23 de marzo. Muchas casualidades, lo sé. Pero no se burle. Se lo ruego. —Lo han aprovechado bien, Negro. Aguantame una bromita, pues. Blanco calculó que la intensidad de la tormenta duraría apenas unos diez minutos, pero se sorprendió porque continuaba igual en los veinte. Por eso paseó por la azotea observando los cuatro puntos cardinales. Inclusive achinó los ojos y se montó una mano de visera sobre sus cejas para escrutar el horizonte redondo, pero no pudo traspasar ni cincuenta metros del tupido velo gris del agua gruesa. Inquieto, como siempre, apoyó todo el abdomen sobre la baranda fría, en la U de EDIFICIO URIBE, y miró, muy expectante, el menudo kiosco rojo herméticamente cerrado de su novia Gladis, allá abajo, en plena esquina y en la acera del frente, y le imaginó unas cuantas goteras directas al mostrador y al viejísimo anafre. Llenó los pulmones de oxígeno líquido y bajó todas las gradas con suma calma, atento a las rodillas que ya le temblarían en el piso cinco o cuatro, pensando que esa intensa lluvia que caía ameritaba observar la llegada del turbión, y su carga de basura, desde el mismísimo puente del Topáter. Caminó 22 cuadras sin flojera. Al llegar, la lluvia había cesado y la luz del sol oculto encendía de fulgor sucio las nubes preñadas de agua. Suspiró con tanta poesía. Un tumulto de gente festejaba la crecida del río. Blanco, que miraba contento cómo nacía la niebla densa de las tripas mismas de los arbustos espinosos de las riberas, tenía el oído derecho alerta al pajaril comentario de los vecinos. Se quejaba el vejete con sombrero de duende: —Ahora solo cuando llueve tiene agua. Luego, no. Por eso deberían entubarlo y mandarlo a la mierda. ¿Qué otra cosa más se puede decir? La vida se ha echado a perder hasta este punto. El nieto lo escuchaba sin mayor atención. Las palabras del abuelo le pasaban por sobre la cabeza pero se llenaban de chispas en la gente de unos metros más allá que se atormentaba con lo mismo. El niño pateaba piedritas y se divertía viéndolas hundirse en el lomo del agua correntosa. Cada vez se colgaba más de la baranda. Ya se iba a caer de cabeza sin que nadie lo advirtiera. Ni siquiera Santiago Blanco. El viejo insistió: —Ahora es una cloaca, puras aguas negras. Miren la basura que arrastra. ¿Quién diablos se podría bañar en estas condiciones? ¿O pescar? Parecía enojado. Se puso a pasear entre sus atentos oyentes. Se quejó otra señora, menuda y harto pichonesca,con una vieja bolsa de mercado y un sudoroso monedero de plástico entre las manos: —Con esta agua se riega todas las verduras. Las autoridades no cuidan nuestra salud. No hay ni a quién quejarse ni decirle nada. Todo el sur riega, ya mismamente. Los niños se nos enferman. Y los viejos. Después hay que darles agua con sal. Una señora emperifollada y con cabello lila exclamó: —¡Tan lindo que se ve así, cargado a tope! Los campesinos de Sacaba se quedan con el agua. ¿Qué va a importarles el paisaje urbano? Les tiene sin cuidado que nuestro río se muestre con las puras piedras peladas. El resto del año saltan los sapos en los charcos. Los renacuajos. Es gente muy ignorante, la nuestra. Descondolida. El vapor se acumulaba entre los matorrales. Formaba nubes gordas y se desprendía sin dolor de los espinos rumbo a las alturas. El agua colorada, surcada de varias venas gruesas, arrastraba palos, hierbas, zapatos, latas, excrementos y sapos muertos en su lomo brioso. Los curiosos observaban todo. Se reían divertidos. Señalaban con el dedo un perro muerto. También prestaban atención a los parlanchines y tomaban partido por las opiniones sentenciosas. Alguien dijo algo. Una risotada general festejó el comentario. El viejo se sorprendió. Habló un hombre amanerado. Tenía la ceja izquierda suspendida por puro petulante: —Es río de temporada, mi señor. Mi señora. No seamos ignorantes. —Atrevido. Sepa usted que soy profesora de escuela. Otra vez la risotada de los oyentes. —Hay más gente y menos lluvia. En Cochabamba solo llueve cuando muere un obispo. El niño colgó medio cuerpo en el vacío observando una enorme hoja de calamina flotando río abajo. Sobre la calamina viajaba una bota militar. De pie. Un joven, montado en una bicicleta destartalada, opinó algo. Santiago Blanco, acodado siempre sobre el barandado, alzó las cejas de la pura sorpresa. El joven mostraba su satisfacción por su propia opinión y exponía una sonrisa quieta, fotogénica, mostrando las palmas abiertas al cielo próximo en un típico gesto gallista de los ochenta. Algunos curiosos asintieron. La neblina ocultó ambas riberas y luego se desprendió compacta en dirección al puente como un bicho espacial. Un animal del futuro. Bueno a ratos. Malo casi siempre. Momentos después, no se veían los rostros. Se volvieron manchas negras. Almas en el purgatorio. Faltaban los quejidos lastimeros. Otras voces se expresaron. Blanco se distrajo. Una mano de espectro (huesos vistos, carne leprosina colgando), se dibujó muy al fondo oscuro de la neblina sobre la plataforma del puente, se batió gentil en ese aire denso y tenebroso. Él se quedó con la duda. Pero la mano se le aproximó con calma y reclamando con autoridad la suya. Le pareció que debía defenderse. —Hola, jefe. Una voz de celda. El cutis de iguana. Las patillas de los libertadores. El pelo ensortijado como trabajado por una permanente. La oscura caverna de la boca con tres dientes aislados. Dos arriba, uno abajo. Una sonrisa de terror, amenazante. Pero también amable. —Abrelatas. —Un abrazo, jefe. De cuánto tiempo me lo vengo a ver. Es un milagro del Señor. Usted ya no va por el Amé- ricas ni siquiera el viernes de soltero. ¿A tanto llega su indiferencia? El tufo a dientes podridos. A encías inflamadas. Una cara de espanto. Los mismos ojos, irritados, casi sin pestañas y con pústulas escondidas en el interior de los párpados. Un individuo medio vivo, medio muerto. Capaz de asustar a cualquiera. Abrelatas lo abrazó con sentido afecto. Blanco se sorprendió. Pensó en un posible contagio de algo y quiso retirar el cuerpo, pero el hombre lo tenía sujeto del hombro derecho y de la presilla del pantalón sin cinturón. Y lo mantuvo con absoluta firmeza. Entonces pensó en su billetera. (Y hasta se acordó del billete de cincuenta recibido de una pastillera de la calle en la víspera.) Pero también se acordó de que la había dejado sobre la mesita de los suplementos culturales en su cuarto. Por eso se dejó apretar un momentito aunque sin corresponder. Se quedó sin aire. —Me han robado a mi hijo. Abrelatas se puso a llorar sobre el hombro del exinvestigador de la policía. Las voces en derredor se acaloraron. El viejo amenazó con un sopapo bien puesto, pero el de la bicicleta esgrimía la vieja guardia inglesa. Otros se carcajeaban. El niño observaba todo. La neblina terminó suspendiéndose hacia el cielo. El petulante se aisló del problema. Se fue caminando hacia la iglesia a la misa de gallo. Seguramente era un exalumno de algún colegio de viejos curas franquistas. —De la morgue. Me lo han robado de un día al otro. La gente se dispersó carcajeando e insultando. El viejo se había dado el gusto de intentarlo, pero el joven lo esquivó rápidamente con un quiebre de cintura pese a la bicicleta apoyada contra su cadera. Amagaron un par de veces más y luego cada quien se fue por su camino. El puente se vio, en pocos segundos, vacío de gente pero atestado de colectivos humeantes y motorizados enojados. El río tronaba arrastrando un lote de piedras. Sin embargo, se podía hablar con confianza. Blanco se acodó en la baranda del puente mirando las aguas ligeras. Después miró al hombre de reojo. —¿Se te ha muerto tu hijo, Abrelatas? ¿Y te lo han robado? —Me lo han matado, jefe. Estaba recién en sus primeras experiencias como independiente. Era autista. Me lo han asfixiado con una cuerda y una bolsa de basura. Y me lo han robado de la morgue mientras yo buscaba la lana para el cajón. El Abrelatas se limpió una lágrima furtiva del enfermo ojo derecho. —¿De quién sospechas? ¿Conoces a los de su especialidad? El Abrelatas suspiró. Su nuevo oficio lo había ablandado del todo. Se le llenaban los ojos de lágrimas. Se le quebraba la voz y buscaba consuelo. No parecía un exdelincuente común. Un hombre con trajín en las celdas de la policía y el patio de tanta cárcel. A Blanco le fastidió su sentimentalismo cursi. Parecía un hombre cualquiera. Un blandengue. Un hombre que tuvo abuelos, papás, hermanos y una familia numerosa los domingos en el paseo El Prado. Insistió: —¿O habrá sido un policía? Volvió a mirar al aparecido. El tráfico del puente se iba raleando y el río parecía haber disminuido de caudal. Pero el Abrelatas tenía la misma cara plana de un principio. Sin reacción. Puro desánimo y ojeras violetas y salpicadas de granitos con pus. Un premuerto. —Es lo mismo, jefe. Ambos oficios son primos hermanos. Quizás un hampón me lo ha matado y un policía me lo ha robado. O al revés. Qué se yo. Pero me quiero morir. ———————— Autor: Gonzalo Lema. Título: Que te vaya como mereces. Editorial: Roca Editorial. Venta: Amazon, Fnac

jueves, 19 de enero de 2017

Gonzalo Lema gana XI versión del Premio Internacional de Novela Negra L’H Confidencial.

El escritor Gonzalo Lema (Cochabamba, Bolivia) ganó la XI versión del Premio Internacional de Novela Negra L’H Confidencial, con su obra "Que te vaya como mereces", dice la nota:
El expolicía y detective Santiago Blanco se encuentra en la baranda del puente Topater mirando el turbión en el río Rocha, en medio de la llovizna que cae sin tregua en la ciudad de Cochabamba. En medio de la neblina surge una figura. Se trata un mozo del famoso bar Américas. Es El Abrelatas —así lo llaman—, su amigo exdelincuente. Se dirige al investigador y le cuenta que han robado el cadáver de su hijo. Así comienza la obra Que te vaya como mereces, la nueva producción literaria del escritor boliviano Gonzalo Lema (Tarija, 1959), la misma que el pasado viernes fue anunciada como la ganadora de la XI edición del Premio Internacional de Novela Negra L’H Confidencial. El galardón, promovido por la Biblioteca la Bòbila desde hace 18 años, es convocado por el Ayuntamiento del municipio catalán de L’Hospitalet de Llobregat. Lema recibirá una dotación de más de 12.000 euros, además de la publicación de la novela bajo el sello de Roca Editorial. La novela ha sido la más destacada entre las 52 presentadas a concurso y el jurado ha valorado el “reflejo que el autor hace de la realidad sociopolítica boliviana, que sumerge al lector en la dura realidad cotidiana de Cochabamba mediante una amalgama de personajes excéntricos y perdedores”. Lema, Premio Nacional de Novela en 1998 y finalista del certamen Casa de las Américas en 1993, cree que la importancia de la novela negra como testimonio de las sociedades hispanoamericanas es capital. “La narrativa policial es un documento de primer orden, para entender nuestro tiempo, la forma cómo vivimos. La novela negra es un verdadero bisturí”, asegura. Lema admite, desde la comodidad de su hogar, que cuando recibió el anuncio, hace casi una semana, se encontraba con cierto desánimo. Solo días antes su novela se había caído en la votación final de la 73 edición del Premio Nadal, que cayó en las manos de la escritora Care Santos. La noticia sobre el L’H Confidencial lo reconstituyó. “Lo estoy disfrutando”, dice sin poder contener la sonrisa. Sarcástico e irónico Lema se encuentra en la comodidad de la sala de su hogar. Viste unas pantuflas de lana y un conjunto deportivo de algodón. Recuerda sus primeras incursiones como lector en el género. Fue el intelectual boliviano Luis H. Antezana quien le dio su primera pila de libros de novela negra, que incluían títulos como Los mares del sur, del escritor español Manuel Vázquez Montalbán, hasta llegar a Un ciego con una pistola, de Chester Himes, “que ya es más complicada y densa en narrativa”, explica. La saga de su personaje cuenta con cuatro libros anteriores que, al igual que su nueva entrega, reflejan desconfianza y hartazgo hacia un sistema judicial que no funciona en Latinoamérica. Advierte que cuando las instituciones como la policía están confundidas y mezcladas con la delincuencia, algo está fallando con la ética. Para Lema, la profesionalidad sin ese sentido mencionado solo genera desánimo, como el que se siente frente a la actividad política en el continente: “Lejos de constituir un Estado institucionalizado, que trascienda a las generaciones de representantes, más bien se empeñan en desinstitucionalizarlo, en desagregar el cuerpo social, en aprovecharse a nombre de la izquierda y a nombre de la derecha, a perpetuarse”.
Lee más aquí

lunes, 22 de septiembre de 2014

Gonzalo Lema gana premio de cuento


Luego de haberse alzado con el Primer Premio de Niovela Internacional Kipus, el escritor cochabambino Gonzalo Lema es anunciado como el ganador del Concurso Nacional de Literatura Santa Cruz de la Sierra 2014 con su libro de realtos "Tumbalocos", dice la nota de Los Tiempos:
“Tumbalocos” de Gonzalo Lema Vargas y “Ni gigantes ni molinos” de Carolina Maldonado Leyes de Rodríguez, son los ganadores del Concurso Nacional de Literatura “Santa Cruz de la Sierra 2014” en los géneros Cuento y Cuento Infantil respectivamente. Lema expresó su alegría por este reconocimiento a la colección de cuentos titulado “Tumbalocos” y que señaló, no tiene una sola temática, sino son cuentos ambientados que reflejan la diversidad social, paisajística y cultural del país. Asimismo, resaltó la importancia de estos concursos, porque permiten a los escritores publicar y que se conozcan sus obras El certámen, instituido desde 1995 por el Gobierno Municipal de Santa Cruz de la Sierra, está destinado a escritores bolivianos y extranjeros que tengan como mínimo cuatro años de residencia acreditados en el país. “Los cuentos sometidos al concurso presentan, en general, un buen nivel literario; se trata de propuestas de relato con estructuras coherentes y temáticas novedosas”, sostuvo William Rojas, responsable del Sistema Municipal de Bibliotecas, según un boletín del municipio cruceño. “Tumbalocos”, dijo, destaca por la precisión del lenguaje y la contundencia estructural de los relatos. “Reúne un conjunto de cuentos muy bien elaborados, sólidos, con personajes que deambulan en los márgenes de nuestra historia, la cual enmarca su cotidianidad”. En el caso de “Ni molinos ni gigantes” destaca del resto por su calidad narrativa y por su originalidad. Los jurados encargados de la lectura por categoría estuvieron conformadas, en Cuento, por Edgar Lora Gumiel, Ana María Gotrett y María Pía Franco, en la categoría de Cuento Infantil por Angélica Guzmán, Luisa Talarico y Adela Nagashiro. El premio para los ganadores en cada uno de los géneros asciende a 30.000 bolivianos, más la publicación de la obra, de 500 ejemplares, a través del Fondo Editorial Municipal.

martes, 2 de septiembre de 2014

Gonzalo Lema gana el Primer Premio Internacional Kipus de Novela


El escritor cochabambino (Bolivia, ) es el ganador del Primer Premio Internacional Kipus de Novela, convocado por la Editorial Kipu. La obra ganadora se titula "Siempre fuimos familia". dice la nota de Página Siete:
Estoy muy contento. La verdad siento la misma felicidad que viví hace 16 años cuando gané la primera versión del Premio Nacional de Novela, con La vida me duele sin vos”. Así, el escritor tarijeño Gonzalo Lema celebró ayer su más reciente hazaña: ganar la primera versión del Premio Internacional de Novela Kipus con su obra Siempre fuimos familia, y además de esa manera conquistó el galardón mejor reconocido de las letras en Bolivia: 20.000 dólares. "Me siento satisfecho con este premio porque realmente fue un esfuerzo enorme escribir esta novela, que es bastante gruesa y que me ha tomado mucho tiempo de trabajo”, contó Lema. La obra fue elegida por decisión unánime del jurado y compitió frente a 49 obras de 14 países que se presentaron en la convocatoria del certamen. La convocatoria del premio fue lanzada el año pasado. El certamen fue organizado por la editorial nacional Kipus y es el primero que desde el país tiene alcance internacional. Lema contó que la historia de Siempre fuimos familia estuvo guardada hace varios años. "Es una novela de amplia cobertura de los miembros de una familia. Explora de cada integrante las conductas y los comportamientos que son algo excéntricos, debido a las historias personales que les toca vivir”, contó. Según el autor, en la obra muestra a una familia que en cierto momento tiende a destrozarse y enfrentada por el peso de su propia historia, pero que termina por imponerse como un núcleo. Narra cinco historias entrelazadas. Una de ellas fue escrita en 1996, cuando Lema era un universitario, otra está inspirada en una excompañera de su trabajo en Cochabamba y el resto fue creada en los últimos años. "Es una obra que fui armando poco a poco. He recuperado temas que me perseguían y que los guardé para este proyecto”, dijo. "Es una novela larga porque atiende al papá, a la mamá, a los tres hijos, quienes están envueltos de sorpresas buenas y malas, pero que terminan como decía buscando la paz a través de la unión familiar”, comentó. La historia está ambientada en los años 90 y su tiempo límite es el 2000. "Narra más de dos décadas de la vida de esa familia”, acotó. El jurado del certamen otorgó también una mención que recomendó publicar. Se trata de la novela Concierto para delinquir, del escritor colombiano Edgar Armando Caicedo. Lema nació en Tarija en 1959. Es novelista y narrador. Publicó Este lado del mundo (Premio Guttentag 1980); El país de la alegría (1987), La huella es el olvido (1993), Ahora que es entonces (1998), La vida me duele sin vos (Premio Nacional de Novela, 1998), Los labios de tu cuerpo (2004); Dime contra quién disparo (2004), Contra nadie en la batalla (2007), Si tú encuentras a Mari Jo (2007), El mar, el sol y Marisol (2009) y Las labores del campo. Sobre el título Siempre fuimos familia, Lema contó que buscó un nombre que define la esencia de la historia de la novela. "Desde mis 22 años, desde que publique mi primer libro, soy muy consciente que los títulos de mis libros tienen que ser muy atractivos, porque pienso que la historia que uno va a contar arranca en la historia del título, que el título forma parte del texto y, por lo tanto, tiene que ser perfecto. No me conformo a un título malo y soy cuidadoso con ese tema, aunque me demande más tiempo, toma un tiempo”,

lunes, 15 de octubre de 2012

Gonzalo Lema: "lo cholo es lo más nacional"

El escritor cochabambino Gonzalo Lema, último ganador del Concurso Plurinacional de Novela "Marcelo Quiroga Santa Cruz" es entrevistado por Sergio de la Zerda para el blog literario Ecdótica, dice la nota:
Una historia que refleja la percepción del escritor Gonzalo Lema Vargas de la identidad regional, “Los días vacíos del Raspa Ríos”, obtuvo el Premio Único del VI Concurso Plurinacional de Novela “Marcelo Quiroga Santa Cruz”, organizado por la Oficialía Superior de Cultura de la Alcaldía de Cochabamba. Lema Vargas recibió su premio en el 30 aniversario de la democracia. “Estoy muy feliz por esa noticia. La democracia boliviana ha ido incrementándose en cada gobierno y ha terminado de instalar a todos los bolivianos bajo su paraguas cobertor”, dijo el escritor. “Lo que ahora debemos exigir al Gobierno es el absoluto respeto a los derechos humanos, y eso se consigue con el absoluto respeto a las leyes”, opinó. P. ¿El resultado del concurso le produce sorpresa? R. Por supuesto, cada vez hay más escritores en el país y aquello está hermoso. Además hay otros nombres: Mamanis, Condoris. Está funcionando la democracia porque ese es su propósito, que la sociedad sea construida en términos horizontales, no verticales. Parece que lo estamos logrando. Hay muchos tropezones pero lo estamos logrando. P. ¿Es esta la novela que nos dijo hace unos meses que estaba escribiendo? R. No he parado de escribir desde los 15 años. He publicado mi primer libro a los 22 años, tampoco he dejado de publicar. Tengo ahora 53 años y 17 libros, uno de entrevistas políticas, 16 de literatura. Esta novela la he escrito en 2008. Han pasado cuatro años y ha encontrado un lugar, lo que creo que es lo mejor que puede sucederle a un texto. P. Dijo que “Los días vacíos del Raspa Ríos” resume su visión de Cochabamba. ¿Qué aspectos de la identidad cochabambina trata en la obra? R. Veo a Cochabamba como la región más proclive al mestizaje. Hallo que Cochabamba conserva mucho del mundo criollo, chicherías, el gusto por la comida. Es un mundo solar más que nocturno. Al cochabambino le interesa más que eso, cumplir más sus actividades bajo el sol que bajo la luna. Hallo también una mentalidad, entre el poder político que es La Paz y el poder económico que es Santa Cruz, que es poéticamente provinciana, y eso es lo que he tratado yo que se exprese en la novela. P. ¿El trabajo premiado tiene algo que ver con otros géneros que usted ha cultivado, como el policial y más recientemente la ciencia ficción? R. No. Mi personaje, Raspa Ríos, es un empleado de la vieja alcaldía que está mediocrizado desde varios puntos de vista, y que sin embargo se da modos de tener una vida plena. Está rodeado de una cofradía de amigos que se construyen en los ámbitos que te dije: la comida, la chichería, el hogar llevado a trompicones… pero también con mucho vigor e identidad cultural. Yo creo que efectivamente lo cholo es lo más nacional que hemos producido. Uno escucha por ejemplo la música de las bandas y se da cuenta de que eso hemos hecho los bolivianos. La novela va por ahí. El jurado elogia tres aspectos El jurado del VI Concurso Plurinacional de Novela “Marcelo Quiroga Santa Cruz” analizó ocho obras. Los escritores José Antonio Terán Cabero, Giancarla Zabalaga de Quiroga, Roberto Ágreda Maldonado y Ramón Rocha Monroy señalaron que la obra premiada reúne los atributos para merecer el galardón. Ponderaron que la obra se basa en una anécdota imaginativa sobre personajes de un tipo social específico, tiene un lenguaje idiosincrático de voces simultáneas y polifónicas y una organización circular de los tiempos narrativos. Gonzalo Lema Vargas presentó la obra “Los días vacíos del Raspa Ríos” con el seudónimo “La sombra de la higuera”. El premio único del concurso de novela Marcelo Quiroga Santa Cruz consiste en 18 mil bolivianos. Además, la Alcaldía de Cochabamba como auspiciadora del concurso suscribió acuerdos con editoras para publicar la novela ganadora este año.

Sergio Ramirez premio Bienal de Novela "Mario Vargas Llosa"

El escritor nicaragüense Sergio Ramirez se alza con el premio de la VI Bienal de Novela Mario Vargas Llosa con su obra "El caballo dora...