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lunes, 9 de noviembre de 2015

Boliviana Giovanna Rivero gana el Premio Cosecha Eñe 2015

 Foto: Ignacio Leonardi
La revista literaria Cosecha Eñe dio a conocer a la ganadora de su Premio 2015, siendo esta la escritora cruceña Giovanna Rivero con su obra Albúmina, dice el fallo del premio:
Se desveló el secreto. Hoy sale a la venta el número 43 de Eñe, con los relatos seleccionados en Cosecha Eñe 2015. Un buen relato es un prodigio que se mueve entre la ingeniería y la artesanía, y por ello, Eñe convoca cada año Cosecha Eñe, un certamen de relatos que llega a su décima edición. El nuevo número de Eñe se titula Desvelados y, haciendo honor a su nombre, desvela el relato ganador y los finalistas de Cosecha 2015, que ha recibido 4.000 relatos a concurso de 40 países. Entre todos ellos, el jurado formado por Mercedes Cebrián, escritora y crítica literaria; Pablo Mazo, editor de Salto de Página; Eloy Tizón, escritor; Camino Brasa, directora editorial de La Fábrica; y Elena Medel, directora de Eñe, ha escogido como ganador el relato Albúmina, de Giovanna Rivero, quien recibirá un galardón dotado con 2.000 €. Giovanna Rivero nació en Santa Cruz, Bolivia, en 1972 y es autora de los libros de cuentos Contraluna (2005), Sangre dulce (2006), Niñas y detectives (2009) y Para comerte mejor (2015), además de las novelas Las camaleones (2001), Tukzon (2008) y 98 segundos sin sombra (2014). Participó en el Iowa Writing Programa en 2004, y en 2011 fue seleccionada por la FIL Guadalajara como uno de «Los 25 Secretos Literarios Mejor Guardados de América Latina». Es doctora en literatura latinoamericana por la Universidad de Florida. Junto a Albúmina, este número publica los relatos finalistas de Cosecha Eñe 2015: Homenaje a John Cazale, de Rodrigo Blanco Calderón (Caracas, 1981); Casa de nieve, de Matías Candeira (Madrid, 1984); Los Leones del Norte, de Alberto Chimal (Toluca, México, 1970); Un mundo de cosas violentas y rígidos encuentros entre maniquíes vivientes, de Antonio Díaz Oliva (Temuco, Chile, 1985); Paisaje de provincia con manto negro de fondo, de Carmen M. Cáceres (Posadas, Argentina, 1981); Navidad en un día cualquiera, de Gustavo Nielsen (Buenos Aires, 1962); Fidelidad, de Emily Roberts (Ávila, 1991); N-232, de Sonia San Román (Logroño, 1976); y El enemigo, de Mónica Sánchez (Madrid, 1970).

miércoles, 30 de abril de 2014

Giovanna Rivero vuelve con Diarios desde el culo del mundo

La escritora boliviana Giovanna Rivero es reseñanda por el diario El País de España donde se habla de su última obra publicada por la editorial Caballo de Troya, dice la nota:
Genoveva tiene un padre trotskista y suicida, una madre abnegada, un hermano con síndrome de Down —“opita”, tonto, según su padre; “como un cactus bebé” según ella—, una abuela moribunda y una amiga anoréxica. Genoveva tiene también un diario, y eso es lo que cambia todo. 98 segundos sin sombra, de Giovanna Rivero (Santa Cruz, Bolivia, 1972), editado por Caballo de Troya, es una mirada indiscreta al mundo adolescente, como leer a escondidas las tribulaciones de una quinceañera. Una Ana Frank de los 80 en un mundo rural latinoamericano avasallado por el narcotráfico. “Sor Evangelina quería que todas lleváramos un diario, que anotáramos las ‘cosas de nuestra época’, como lo hizo la chica Frank”, cuenta Genoveva como frase fundacional de su incursión en la literatura. El problema es que las cosas de la época de Genoveva no parecen tan relevantes y universales como las de la jovencísima escritora alemana. En el pueblo de Therox —"el Culo del Mundo", según Genoveva— todo es cotidianidad, pero solo en la superficie. Los años ochenta arrasan el provincianismo ficticio de Therox como lo hicieron con el municipio real de Montero, ciudad de 100.000 habitantes y residencia de infancia de la autora. “Quizás es una percepción viciada por mi experiencia, pero esa época finisecular, cuando no ha llegado el tecno o el minimalismo, es una bisagra llena de intensidad. Esa tensión entre dos formas de vivir la historia: lo moderno y aquello que mira hacia el pasado; los mitos que [Genoveva] hereda de la abuela y el neoliberalismo brutal que llega al pueblo”. Hello Kitty en la Escuela Salesiana de María Auxiliadora, Freddie Mercury contra el grupo Menudo, narcotráfico contra ruralismo. “Eso generó una sociedad paralela en la que circulaban otros valores, otros símbolos y otra estética. Yo tenía 13 o 14 años cuando me tocó ver esta increíble subversión de la realidad en una situación de completa indefensión”, cuenta Rivero. El lenguaje es también un espacio político. El de Genoveva es joven, sucio, contaminado La coraza de Genoveva (“un sujeto atravesado por el discurso: el esotérico de su madre, la superstición de la abuela, la jerga del padre”), como la de Giovanna, es el lenguaje. Una vorágine de acidez adulta, asombro infantil, versos de Queen y palabras (“Físika”, “histórika”) escritas con k de okupa, punk y rebeldía. “El lenguaje es también un espacio político. Es el que plantea todo el tiempo el papá de Genoveva [con su retórica comunista], y al que se opone ella a través de un lenguaje joven, sucio, contaminado. Siempre heredamos algo y no siempre de una forma pasiva. Genoveva acepta, a su manera, la responsabilidad política que le toca”, defiende la autora. El lenguaje de esta adolescente empezó a anunciársele a Rivero en 2007, después de unos años rondando la literatura juvenil con Sangre dulce, Niñas y detectives, Helena 2022… Esta incursión en la infancia chocó a los que la habían considerado hasta el momento “la escritora erótica” de Bolivia por libros como Las camaleonas (2001) o Contraluna (2005). “No me molestaba, porque si estaba haciendo una propuesta de lectura así, es lógico que sea recibida en esa misma longitud de onda”, concede la autora. Pero la voz de Genoveva se vio cortada por la mudanza de Rivero a Estados Unidos, donde . El extrañamiento que le produjo la convivencia con Norteamérica le llevó a dejar apartado 98 segundos sin sombra para entregarse por completo a Tukzon. Historias colaterales (2008), un compendio de relatos entre el periodismo y lo fantástico que marcan en gran medida el universo de Therox, un territorio con olor familiar y nombre de "cuerpo sideral". La incursión de Rivero en el tema de la infancia sorprendió a quienes la habían considerado “la escritora erótica” de Bolivia Lo que nació en Montero, Santa Cruz, Bolivia, terminó de perfilarse en Gainesville, un municipio de 120.000 habitantes en Florida. En ese paisaje barrunta ahora Para comerte mejor, un futuro libro de relatos cercano a lo fantástico, terreno en el que se siente cada vez más cómoda, pero sin abandonar la política. O "una política no declarada, como parte de la educación sentimental". La misma que le llevó al encuentro de Genoveva, o la misma que le asalta cada vez que su hija le pregunta: "¿Qué época es mejor, la tuya o la mía?". Rivero no sabe qué responder, pero sí sabe dónde se asientan sus cimientos: "Sentía una deuda emocional con el momento que viví, y decidí pagarla".

jueves, 23 de agosto de 2012

Giovanna Rivero reseñada

Portada de la novela "Helena 2022"

La última novela de la escritora cruceña: "Helena 2022",  más que reseñada es comentada por el periodísta Ricardo Bajo, dice la nota de La Razón:

Bicho y Mateo son tres viajeros en caída libre. Su nave Helena 2022 tiene como destino la Tierra sin nombre. Pero debido a los campos magnéticos de antiquarks, aparecen en el pasado, en la Italia de la Inquisición y el juicio a Galileo. Helena 2022: la vera crónica de un naufragio en el tiempo de Giovanna Rivero es una apuesta por la fuerza de la nostalgia y el temor al futuro o la idea que tenemos de él. Las habituales señales de identidad de la obra de la cruceña Rivero van surgiendo sin hacer ruido: como la historia de amor y sexo entre uno de los viajeros y la “chica albina”, acusada de brujería. Catalogada por la propia editorial La Hoguera como literatura juvenil de ciencia ficción, la pequeña novela, de 119 páginas, pasa sin apenas chirriar de un lenguaje clásico del género fantástico al costumbrista con guiños al Siglo de Oro español, a Hansel y Gretel, entre otros. Helena 2022: la vera crónica... no tiene pretensiones, apunta a ser una obra “menor” pero fluye con soltura. Al final, sabe a poco, peca de falta de ambición, de vuelo; se pierde ligeramente en ese buscado cruce de géneros; y los protagonistas quedan a la deriva, sin retorno y sin poder atrapar al lector con más fuerza.

martes, 21 de agosto de 2012

Entrevista a Giovanna Rivero

Publicada en el periódico La Prensa, la escritora cruceña habla sobre el homenaje que se le hizo en la 17 Feria Internacional del Libro de La Paz, su relación con la tradición boliviana y otras cosas, dice la nota:
La escritora boliviana fue homenajeada en La Paz. En la siguiente entrevista nos habla de los reconocimientos que ha recibido y sobre su escritura. “Era cuestión de tiempo. Muchas cosas de la vida eran cuestión de tiempo”, así empieza Olas de satén, uno de los cuentos de Giovanna Rivero. Además del pasado y del paso del tiempo, varios tópicos se encuentran a lo largo de los libros de esta escritora boliviana: el erotismo, la violencia, lo íntimo, la ironía. La obra de Rivero se ha posicionado como una de las más importantes en las letras bolivianas y como un referente para los lectores del exterior. La autora fue homenajeada en la XVII Feria Internacional del Libro y presentó, además, su nueva novela, Helena 2022, la vera crónica de un naufragio en el tiempo. A propósito del reconocimiento que recibió en La Paz y de la presentación de su más reciente libro, Fondo Negro dialogó con Rivero. —¿Qué significa para ti el homenaje que recibiste en la Feria del Libro de La Paz? Es un honor muy grande y un privilegio que acepto con muchísima alegría. Yo viví en La Paz casi cuatro años durante los primeros años de la veintena, los años del bildüngsroman. Por eso este reconocimiento tiene un sabor especial, renueva mi pacto emocional y cultural con ese momento y ese espacio tan importante en mi imaginario. —En la misma línea, ¿cómo cambió tu vida con el nombramiento que se te hizo en la Feria Internacional de Guadalajara en 2011 como uno de los 25 secretos mejor guardados de América Latina? Son muchos los beneficios que he experimentado con ese nombramiento, pero creo que el más íntimo es el fortalecimiento de la fe en mi propio camino y en que el trabajo siempre da frutos, ley de oro. Cuando vuelve a mí una cierta ansiedad por acelerar uno u otro resultado literario, me hago recuerdo del modo en que, en mi caso, se han ido dando las cosas, más por trascendencia que por golpes de suerte, y entonces vuelvo a lo importante: escribir. —Para terminar de hablar de algunos de los reconocimientos que has recibido, ¿por qué decidiste participar en el Premio de Cuento Franz Tamayo? ¿Qué te brindó ganarlo? Lo decidí por dos motivos: necesitaba un dinero para ejecutar una decisión de vida muy importante y necesitaba una señal, algo que me pasara electricidad, no atravesaba un buen momento. El cuento con el que gané, Dueños de la arena, refleja también ese momento de crisis estilística y temática. —Hay distintas tensiones en tu obra. Se me ocurre nombrar algunas de las constantes: el humor, la ironía, el erotismo, lo femenino, la incomodidad frente a las instituciones, el cuerpo. ¿Cuáles son tus obsesiones como escritora? ¿Cómo funcionan estas constantes a lo largo de tu carrera literaria? Yo misma experimento esa incomodidad a la que te refieres. Si bien uno siempre está vinculado a las instituciones, educativas, sociales, literarias, la colisión de la individualidad contra la norma es algo con lo que hay que lidiar y que uno puede llegar a hacerlo bien, con naturalidad, hasta que se produce un crash distinto. Creo que mis personajes están siempre en una especie de borde, atajando el monstruo que respira en el clóset. Son seres ordinarios que en el instante menos pensado se tornan extraordinarios, a su pesar. Eso es lo que me obsesiona, precisamente, articular personajes envueltos en distintas capas a los que yo termino desnudando. La desnudez es el aprendizaje. La desnudez es una suerte de retorno a la infancia. —En Tukzon ficcionalizas el 9/11. ¿Por qué acercarte a este suceso? ¿Cómo mira una boliviana un hecho que, aparentemente, solamente afecta a Estados Unidos? Tukzon es el libro de mi cultural shock. Cuando llegué, en 2007, a Estados Unidos, me instalé por unos meses en una casa de familia en Arkansas. Es decir, llegué a un espacio profundamente norteamericano y pude ver de cerca, oír, intuir, cómo el tema 9/11 había marcado el modo en que esa gente tomaba decisiones económicas y políticas con respecto a sus hijos, y el modo en que la religión operaba en ellos, confirmando un sistema de valores basado en el miedo, el orgullo y una fe “ciega”, literalmente. Si bien no los conocía antes del 9/11, ellos mismos alimentaban sus conversaciones con referencias explícitas a ese hecho. En esa casa no tenían una mínima biblioteca, pero si un sótano espléndido con juegos electrónicos. Pero eran buenos, muy buenos, muy generosos. Al mismo tiempo, yo experimentaba un desgarramiento terrible y me preguntaba todo el tiempo si iría a encontrar mi propio lugar en ese país que, en primera instancia, parecía revelarse sólo como un cliché. Yo tenía que rascar la epidermis de ese cliché para descubrir la complejidad del fondo. Con Tukzon hice esa tarea. —El fenómeno pop está presente en tu obra, pienso por ejemplo en la presencia de Nicole Kidman en Tukzon. ¿Cómo te relacionas con este tipo de expresión? El pop está presente, es cierto, probablemente ahora en mi última escritura ya con menos intensidad. Me gusta “manchar” las historias con esas referencias al pop no sólo porque es parte de mi imaginario juvenil, ochentero —y uno, aunque intente evitarlo, siempre cae en la tentación de honrar su generación—, sino también porque el pop ofrece el símbolo triunfante de la modernidad. Uno puede hacer del gesto pop algo patético y repetitivo o un giro arriesgado y crítico. —¿Cómo decides el orden de lo que estás escribiendo? El orden depende mucho de las tensiones internas del texto. En la novela que estoy presentando ahora, Helena 2022, la vera crónica de un naufragio en el tiempo, asumí una linealidad fluida, pues se trata de un viaje. Si bien los viajeros enfrentan accidentes, la fuerza y la dinámica de sus acciones son todas prospectivas. Los tres viajeros necesitan llegar a Roma, es 1633, y si bien todos los caminos conducen al gran imperio, cada camino implica un costo siniestro. —Has escrito sobre todo novelas y cuentos. ¿Qué te brinda cada género? ¿Cuáles crees que son sus particularidades? El cuento es mi amor entrañable. El cuento tiene la bondad de saciar la sed de narrar, de volverse síntoma y cura. Me considero una narratómana total, y este género es el molde en el que, incluso mentalmente, la pulsión de darle finitud a la secuencia imparable de la vida se satisface y te permite respirar. La novela se me ha vuelto un vicio porque me sostiene existencialmente. Cuando estoy metida en ese territorio en el que se cruzan vidas, se alteran destinos por contaminación, siento que mi cotidiano se multidimensiona, se apodera de una profundidad distinta. Es como tener un secreto importantísimo que le da sentido a todo. La novela es la ficción interviniendo en la realidad. —En muchos de tus textos me parece percibir cierta influencia del cine. ¿Existe esta relación? ¿Cómo crees que se articula con tu escritura? Es difícil que, desde el siglo XX, haya un escritor que se sustraiga de la influencia o el halo del cine. El cine es el espejo, la solución a la caverna platónica. Todo sujeto moderno tiene un grado de sensibilidad para el cine, conoce su lenguaje, lo puede emular, aunque sea burdamente. De directores como Wong Kar Wai o Lucrecia Martel, por ejemplo, uno aprende, por el manejo de los planos y la velocidad, a aproximarse con respeto y a veces con impudicia a la intimidad. En mi escritura, éste le da forma al recuerdo, al déjà vu, permite el desdoblamiento de la identidad. Me doy cuenta de que mis personajes casi siempre experimentan fugas del presente a partir de imágenes fijas o recuerdos, como si les corriera un filme de la infancia en la mente, y ya no saben a cuál de las dos realidades corresponder, si a la de la ilusión cinemática o a ese presente, a veces asfixiante, que yo les recreo. —¿Cuál es tu relación con la tradición boliviana y con la latinoamericana? Hay algo que me encanta de los argentinos: el poder reconocerse en un determinado lugar, central, marginal, por oposición o filiación, en su mapa literario y cultural. En Bolivia, sabemos muy bien quiénes son los autores fundacionales, pero no establecemos relaciones genealógicas naturales. Al principio creía que era una falta de autoestima, pero ahora creo que es cuestión de temperamento. La diversidad boliviana no es un mito, en muchos casos es dolorosa y puede escindirnos y volver artificial o forzosa la idea de configurar un genoma literario boliviano. Lo positivo de esa suerte de empecinada individualidad es que la búsqueda que emprende cada escritor constituye un viaje desaforado, un quemar las naves. En Bolivia, las palabras “influencia” o “corriente” nos producen ataques asmáticos. Quizás sea mejor así, acercarse al canon boliviano en privado, en silencio, como un pacto. Yo he aprendido mucho en el manejo de la oscuridad y la angustia de Oscar Cerruto, Hilda Mundy, Augusto Céspedes y Adela Zamudio. La tradición latinoamericana casi de inmediato nos instala el Boom, y no le hago ascos, todavía disfruto de los cuentos magníficos de García Márquez, pero creo que Arlt, por fuera de esa hegemonía, es con quien siento una mejor sintonía. Y también, por supuesto, Clarice Lispector, Onetti, Levrero, Marosa di Giorgio y, más recientemente, Ebe Uhart. —Por una fuerza catalogadora siempre se está tratando de armar grupos y movimientos. ¿Crees que formas parte de una generación de escritores? Si es que existe tal, ¿cómo la describirías? Creo más en las amistades literarias que en la conformación de una generación que me libre de la intemperie o la orfandad. Sucede que la palabra “generación” me suena también muy institucional y yo le temo y rehúyo a todo tipo de homogeneidad. Le hago frente a la soledad natural con las amistades y hermandades que te digo y que no dependen de coincidencias sociales, etarias o estilísticas. Pura química. —Publicaste en 2009 Niñas y detectives en la editorial Bartleby de España. ¿Cómo se dio esto de publicar afuera? ¿Qué representa para ti? Pepo Paz, el editor de Bartleby, me contactó. Había leído cosas mías en blogs y revistas virtuales y le interesaba mi narrativa. A Niñas y detectives le fue muy bien, tuvo excelentes reseñas y hasta figuró entre los 10 finalistas del Premio Cálamo que da la mítica librería del mismo nombre al mejor libro del año. Ese primer paso es inolvidable. Me fortaleció mucho, me hizo relativizar algunas taras y obstáculos a los que yo les otorgaba demasiado peso, como el hecho de que Bolivia sigue siendo una gran desconocida en otras esferas. —Has participado en distintas antologías. ¿Cuál crees que es su función? ¿Qué ponen en movimiento? Depende de la antología y sus ambiciones. La mayoría tiene un lado lúdico que me gusta mucho. Es como montar una fiesta entre amigos alrededor de un motivo privado. Las antologías siempre dejan grandes amistades literarias y humanas. El lector es quien más se beneficia de ellas porque puede disfrutar de una panorámica de lo que se está haciendo y cómo se lo está haciendo y cómo los temas reflejan obsesiones contemporáneas. Antologías más rigurosas, como El futuro no es nuestro, con la clara ambición de reconocer un territorio y un tiempo distinto a los diversos movimientos que se dieron a fines del siglo XX, tienen múltiples funciones, yo diría que hasta le allanan el trabajo a la crítica, sistematizan, proyectan y describen las condiciones de un cambio. Pero ninguna antología consigue cubrir, y está bien que así sea, las líneas de fuga. Siempre hay algo que se le escapa. 1972 es el año en que nació en Montero, Santa Cruz, la reconocida escritora Giovanna Rivero. 2008 Giovanna Rivero ganó el Premio de Cuento Franz Tamayo hace siete años. 2011 es el año en que Rivero fue nombrada uno de los 25 secretos literarios mejor guardados. Rivero explica los temas que persigue. “Mis personajes están siempre en una especie de borde, atajando el monstruo que respira en el clóset. Son seres ordinarios que se tornan extraordinarios, a su pesar. Eso es lo que me obsesiona, precisamente, articular personajes envueltos en distintas capas a los que yo termino desnudando. La desnudez es el aprendizaje, el retorno a la infancia”. Sobre cine y literatura, Rivero dice: “Es difícil que, desde el siglo XX, haya un escritor que se sustraiga de la influencia del cine. Es el espejo, la solución a la caverna platónica. Todo sujeto moderno tiene un grado de sensibilidad para el cine, conoce su lenguaje, lo puede emular, aunque sea burdamente. En mi escritura le da forma al recuerdo, permite el desdoblamiento de la identidad”.

martes, 31 de julio de 2012

Entrevista a Giovanna Rivero

El blog literario Ecdótica publica  la entrevista que se le realizó a la escritora boliviana Giovanna Rivero en Lima (Perú), dice la nota:
Una pistola apuntando firme y directamente al entrecejo del inocente lector. Esa es la inquietante portada de la novela híbrida Tukzon. Historias colaterales (2008), de la escritora boliviana Giovanna Rivero (1972, Montero, Santa Cruz de la Sierra), en su segunda edición. Al verla, con su K roja al revés -arriba del arma-, lo primero que pensamos es que se tratará de una típica novela policial. Pero no. El entrecejo del inocente lector recibe un letal disparo con mucho más que una historia de criminales y policías, o de agentes secretos y misiones insospechadas. Rivero se desplaza, fluidamente, en sus catorce capítulos -que bien podrían funcionar como cuentos independientes- utilizando una vasta gama de registros literarios. Nunca sabemos qué cosas nuevas le ocurrirán a la valiente protagonista en las páginas siguientes, mientras va tras el peligroso reportaje encomendado. Además de esta fulminante novela, la autora, comunicadora social y catedrática ha publicado -entre libros de relatos, literatura infantil y novelas- Nombrando el eco (1993), Las bestias (1996), Las camaleonas (2001), La dueña de nuestros sueños (2002), Sentir lo oscuro (2002), Contraluna (2005), Sangre dulce (2006), Niñas y detectives (2009) y Crónicas de oreja de vaca (2011, en coautoría con la chilena Andrea Jeftanovic y el argentino Juan Terranova). Sus cuentos han sido incluidos en diversas antologías, tales como Antología del cuento femenino boliviano, Existencias Insurrectas, The Fat Man from La Paz. Contemporary Fiction from Bolivia, Antología del cuento erótico boliviano, Una revelación desde la escritura, Voces de las dos orillas, El futuro no es nuestro y Pequeñas resistencias 3: antología del nuevo cuento sudamericano. Del mismo modo, sus relatos han sido traducidos al inglés, alemán, francés, húngaro y farsí. Ella -Premio Nacional de Cuento del periódico Presencia en 1993, Premio de Literatura de Santa Cruz de la Sierra en 1996 y Premio Nacional de Cuento Franz Tamayo en 2005- vino como invitada a la FIL LIMA 2011 para presentar Tukson. Historias colaterales -obra que, incluso, ha provocado la creación, por parte del ilustrador boliviano Billy Castillo, de una estupenda historieta homónima, de casi sesenta páginas, este 2011-. La narradora boliviana es una de las voces narrativas de Latinoamérica que vale la pena seguir atentamente. Que siga disparando a quemarropa con sus libros -que son balas impías- al centro mismo de nuestras emociones, para revitalizarlas. - Muchas gracias por la oportunidad. Gracias a vos. - Usted empezó escribiendo literatura erótica. ¿Cómo así gira hacia otros temas? Que tienen que ver, incluso, con inmigración. En realidad, no hubo un giro tan radical, si lo pienso bien. Lo que pasa es que, a veces, las etiquetas cierran las posibilidades de lectura. Entonces, al lector le decimos: “Esto es literatura erótica”. Si el lector no es tan arriesgado, puede que acepte, en principio, esa etiqueta. Y se priva de abordar o entrar al texto por otras puertas. Sin embargo, si el lector es uno de esos muy desobedientes que dicen: “No me van a decir de qué se trata este texto, bajo qué prisma lo tengo que leer, sino que yo voy a descubrir el pacto”, entonces, por ahí puede suceder que lo que se propuso como un género erótico, tal vez no lo era. En mi caso, siento que en mis primeros textos -si bien tenían una fuerza erótica y sensual, también, muy marcada-, probablemente, lo que había era un trabajo del cuerpo, que es una transversal. El cuerpo ha seguido como uno de los tópicos que me interesa narrar, jugar, deformar. En Tukzon, por ejemplo -que coquetea más con la ciencia ficción-, está el cuerpo presente. Esta corporalidad en el género erótico era más obvia. Pero a medida que decidí llevar esa misma obsesión por la carne, desde un punto de vista gótico, apocalíptico, parecía… - Casi desfeminizándolo. Casi. Incluso llevándolo al territorio de una nueva robótica. Parecía que era un cambio de género, pero, en realidad, lo que siento que ha pasado, es una intensidad en el cuerpo. - Como que recién, de repente, ha descubierto el tema principal que le interesa. Sí. Como que recién supe, en realidad, que lo que me interesaba del cuerpo no era solamente la dimensión del placer sino, más bien, la del sufrimiento, la trascendencia, la dimensión política. - Si bien es un tema interesante, si solamente tratara sobre el placer sería un poco aburrido. ¡Claro! Y sería, para ser redundante, autocomplaciente. Un placer que no te permite trascender, que no te permite conocer los lados oscuros, en realidad, termina siendo una literatura de divertimento. - Hedonismo puro. Exactamente. - Decía Edmundo Paz Soldán que él es de los que sabe que usted es uno de los secretos de la literatura boliviana, y que falta poco para que se le descubra más, a nivel latinoamericano. ¿Cómo se siente con estas afirmaciones? Edmundo es un muy buen amigo. Aparte, un gran escritor y un excelente lector. Entonces, quiero creer que este cruce de variables -amistad, lectura y talento- le hace decir esto. También soy una persona que trabaja mucho. Pero trabajo no como un calvario, no atravesando el calvario críptico. Más bien, creo que el trabajo es como la sal en el mar. Me encanta diluirme en el trabajo literario. Y eso da frutos. Es una cosa matemática. Si no diera frutos, hay algo en el universo que no está funcionando. - ¿Pero usted asume, como muchos escritores, que la escritura es un proceso doloroso o no la toma como tal? Depende de qué es dolor. Porque el dolor, también, es un placer. Por ejemplo, me gustaba una declaración que hizo (Roberto) Bolaño en su libro Entre paréntesis: decía que a él le gustaba escribir en el verano sin aire acondicionado y en el invierno sin calefacción. Porque tenía que sentir que la escritura era una cosa material. También creo que la escritura tiene que ser una cosa material. Y, en ese sentido, el sufrimiento no es otra cosa que un estímulo. Es un modo del placer, también, el sufrimiento. Suena masoquista y enfermo, ja, ja… ¿En qué sentido la escritura puede ser algo dolorosa? En el de que tenés que vencer el miedo a crear algo. Porque, en realidad, hay un temor primigenio a crear algo. En el momento que uno crea algo, hay un compromiso vitalísimo, una ligazón irreversible con eso que has creado, con tu criatura, que puede ser genial o monstruosa. Eso, obviamente, es un dolor. Porque dejas de ser un niño, en un sentido existencial. Dejar de ser un niño, duele. Crear es dejar de ser un niño, en algún modo. En ese sentido, sí me gusta la idea del dolor. Hasta las últimas consecuencias en la creación literaria - ¿Cuál es el compromiso principal que usted asume cuando empieza a escribir? El compromiso principal que asumo es el no temer, precisamente. Si yo escribo con miedo nada bueno puede salir. Puede salir algo aceptable, bonito, pero eso no es de mi interés. Mi interés es llegar hasta las últimas consecuencias. Entonces, mi compromiso con la creación es vencer los miedos. Es decir, no puedo escribir desde el temor, no puedo escribir desde ¿a quién le gustará? Siempre escribo como en contra. Digo: “Esto no le va a gustar a nadie y me importa un pepino”. - La literatura boliviana todavía no tiene tanta difusión a nivel latinoamericano y puede ser, también, mucho más exigente para un escritor boliviano salir adelante. Sí. Y como sucede con todas las cosas extremas: son paradójicas. El hecho de que Bolivia no tenga una superdifusión o un gran mercado, o que no sea la esfera cultural más apetecida a nivel internacional, te da unos márgenes de libertad bárbaros. No le va a gustar a nadie, ¿so what? Es lo mismo. Si igual no hay un gran interés por Bolivia, ergo por mi obra, entonces, ¡qué importa los riesgos que tome! Los tomo todos. Esa es la paradoja: que esa misma aparente ignorancia, ese estar de espaldas al mundo te permite, en esa dimensión nihilista, hacer tu obra sin ese intervencionismo que, quizás, estando en circuitos más populares, podés sentir del mercado. Exigencias de las que no siempre somos conscientes. - Claro. Las que podría sentir un escritor argentino… Claro. - …o mexicano. La misma tradición llega a ser lo que te ampara, pero, también, lo que te puede cohibir. En Bolivia tenemos grandes escritores, pero no hemos sabido cómo capitalizar esos grandes escritores y convertirlos en una tradición. Creo que eso, también, es un vacío que hay que solucionar. La soledad y las preguntas importantes - Me llamaban la atención algunas partes, sobre todo, de este cuento (o capítulo de Tukzon. Historias colaterales, como uno desee leerlo) Viaje a Broadway. Por ejemplo, en el segundo párrafo, que menciona: “En las grandes historias, las crónicas de viajes, las estoicas cruzadas en búsqueda de la libertad, uno siempre está solo. Nadie tiene un coyote. Vas, corres, huyes, aúllas”. ¿Siente, realmente, que es así? Sí. Siento que es así. Soy una gran amante de la soledad. Pero la soledad como un camino, también, existencial. La posmodernidad nos ha llenado de miedo a la soledad. No como la primera filosofía, que hacía de la soledad tu modo de ser persona. En el contexto de la soledad es donde te planteabas las preguntas importantes. Como que la posmodernidad nos dijo: “Ay, no, el hombre, el sujeto, el pobre hombre ante lo trágico”. Entonces, pienso que un hombre épico, una mujer épica, abraza su soledad. La abraza como abrazarías a tu criatura. Tu gran realización, sea cual sea -el amor, la carrera, el simple hecho de existir, respirar-, en un ser biológico, tiene que tener una gran dosis de soledad.
Lee toda la entrevista aquí

viernes, 25 de noviembre de 2011

Giovanna Rivero, en la FIL Guadalajara 2011

La escritora boliviana rersidente en los Estados Unidos es una de las invitadas a la FIL Guadalajara 2011, la nota de Página Siete:

Para celebrar su vigésimo quinta versión, la Feria del Libro de Guadalajara ha señalado a la escritora cruceña Giovanna Rivero como uno de los 25 “secretos” literarios de América Latina, “narradores, al margen de edades o generaciones, que bien merecen tener más resonancia internacional”. Asimismo, la inclusión de Rivero en esta selección ha resonado en un reportaje titulado Nueva cartografía literaria de América Latina, publicado la semana pasada en el prestigioso suplemento cultural Babelia del periódico El País de España. El texto, firmado por el crítico literario Winston Manrique, incluye además una nota en la que la autora aparece en una lista de 16 “nuevos valores” del continente que explican sus inicios literarios. En la nota, la escritora nacida en 1972 se ha referido a sus inicios literarios de la siguiente manera: “Mi historia comienza en 1970, con una canción de Spinetta. O quizás antes, el punto de partida siempre puede cambiar. Lo cierto es que en 1970 se conocen mis padres y ella abandona filosofía y letras y él la idea de vengar la muerte del Che. Y ese estigma, el de los proyectos juveniles renunciados, se me transfiere genéticamente en 1972 y mi cerebro no encuentra mejor manera de lidiar con el síntoma que hacer y comer literatura”. Rivero ha publicado los libros Niñas y detectives y Tukzon, historias colaterales.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Giovanna Rivero, un secreto latinoamericano

Incluida en una lista de 25 escritores que, para los organizadores de la FIL Guadalajara 2011, son los relevos de los escritores latinoamericanos del siglo XX , la nota de La Razón:
El secreto se ha desvelado. La FIL de Guadalajara (México) acaba de anunciar cuáles son los 25 narradores latinoamericanos poco conocidos más allá de sus países, pero con un gran potencial. Ésa es la apuesta con la que piensa celebrar sus 25 años, del 26 de noviembre al 4 de diciembre”, indica Winston Manrique, de El País. Entre esos nombres, figura el de la boliviana Giovanna Rivero, quien actualmente se encuentra residiendo en EEUU y está a punto de finalizar sus estudios doctorales. La Razón habló con ella para consultarle qué representa esto en su carrera y en la literatura nacional. “Cuando fui al Festival de la Palabra en Puerto Rico, se me acercó Laura Niembro (una de la organizadoras de la FIL) y me contó que ya había leído mi obra. Después, hubo una reunión previa de editores en Barcelona, donde ella estuvo presente y compartió mi libro; entonces, al editor de Bartleby le encantó y así todos los editores le daban posibilidades. En síntesis, pasó por varias etapas hasta que llegó al comité final, no sé quiénes lo componen, y así fue que me pusieron en la lista de los mejores secretos”, relata Rivero, para compartir cómo es que llegó a figurar en esa selecta lista hecha pública por la FIL ayer. Dice que de los otros narradores, sólo conoce personalmente al panameño Carlos Wynter, pero sí leyó a algunos. “Recién hoy me enteré los nombres de los seleccionados, pues Laura se encargó de guardar muy bien los secretos”, señala la escritora cruceña. Sobre la importancia que le asigna a esta noticia, Rivero indica que, “primero, éste es un día hermoso y, a veces, siento que es suficiente tener un día así, después que uno se raja trabajando. Pero, ya mirando al futuro, me doy cuenta de que puede ser una plataforma interesante que permita abrir otras puertas, que se interesen editoriales… ojalá eso, pero la idea que tiene la FIL al lanzar estos 25 nombres es precisamente vincularlos con posibilidades de publicación y que no sean tan secretos, que se abra un mundo de lectores”. Para la narradora, además de ser un logro personal, también es valioso para el país, ya que “puede significar mayor visibilidad para nuestro campo cultural boliviano, para la gente que está produciendo y que no siempre sale afuera, porque somos pocos los escritores que por x y z razones decidimos venir a vivir a otras partes y eso te vincula a otras posibilidades, y creo que esto puede generar interés por otros nombres que están fuera y dentro de Bolivia”. El año pasado, Rivero presentó Tukzon, novela que fue muy bien recibida por la crítica nacional e internacional.

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