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sábado, 4 de abril de 2020

El encierro produce obras, las ventajas de una cuarentena



En estos tiempos en que nos rige la vida un virus, la puesta en cuarentena de la población a nivel mundial; con las obvias excepciones de idiotas como Ortega en Nicaragua y AMLO en México, nos enseña a ser un poco más creativos para poder sobrepasar la misma. Los grandes escritores o aquellos que con pocas obras escritas nos dejaron maravillas, aprendieron a aprovechar el encierro, entre ellos Borges, Proust, Cervantes, Moro. Aquí un artículo de Libertad Digital:

En el fondo podría ser que este artículo no tenga mucho sentido. Si se piensa bien, es muy probable que no haya existido nunca una creación humana que no deba su nacimiento, de alguna manera, a una suerte de encierro indeterminado. No es muy creíble imaginar a Miguel Ángel pintando la Capilla Sixtina y comentando al mismo tiempo el último chismorreo vaticano con los colegas que se pasaban a saludarle. Aunque existen genios para todo. Las cosas parecen funcionar de otra manera: es en la soledad de uno mismo donde el mundo cobra sentido, donde se amontonan las dispersas impresiones que va dejando el día a día y donde, a fin de cuentas, toda persona llega a confeccionar un mundo interior propio del que brotará después cualquier expansión de su espíritu. No parece descabellado pensar que el acto creador depende directamente de ese proceso íntimo. Pero como tampoco estamos para andarnos con menudencias, y como a estas alturas de la cuarentena ya hemos tenido tiempo de descubrir que no todos los retiros son iguales, nunca está de más recordar a diversos autores que debieron su obra —o parte de ella— a algún tipo de reclusión prolongada. Santo Tomás Moro Un ejemplo especialmente dramático podría ser el de Tomás Moro, gran amigo del mismo rey que le cortaría la cabeza. Su historia es bien conocida: después de haber dedicado su vida al estudio y a las leyes, convirtiéndose en uno de los humanistas más destacados de Europa, tuvo que elegir entre aceptar el cisma que proponía Enrique VIII con la Iglesia de Roma —posiblemente lo más exagerado que ha hecho un hombre por separarse de su esposa— o seguir siendo fiel a lo que su fe católica le dictaba. Él, que con tanto ahínco había cargado contra Lutero y su Reforma, no pudo más que mantenerse firme en sus convicciones. Por ello, fue acusado de alta traición y condenado a muerte, aunque él se negó a dar su vida por acabada hasta que la hoja nu hubiese traspasado la carne. Durante el tiempo en el que estuvo esperando a su ejecución en la Torre de Londres se dedicó a escribir. Así surgió La agonía de Cristo, un comentario que trata de mostrar la importancia de la aceptación del dolor, inesquivable en un mundo imperfecto. Después de su decapitación, la propia historia de cómo el manuscrito burló a los censores británicos y llegó hasta las manos de su gran amigo, el español Luis Vives requeriría un capítulo aparte. Menos funesta fue la experiencia de Michel de Montaigne. A fin de cuentas, él se encerró en una de las torres del castillo familiar por voluntad propia. Antes de eso había llevado una vida peculiar. Por petición de su padre, que quería que conociese lo que era la penuria, pasó sus primeros tres años de vida entre leñadores. Una vez cumplido el plazo regresó a la comodidad del hogar y fue instruido por un alemán que no sabía hablar francés. Debido a ese pequeña peculiaridad, durante su infancia sólo se comunicó en latín y griego. Cuando por fin acudió al colegio todo el trabajo previo resultó fructífero, ya que concluyó sus estudios en bastante menos tiempo del requerido por el resto de compañeros. Al final se dedicó a las leyes y, gracias al talante librepensador que había adquirido del humanismo clásico, se convirtió en uno de los mediadores más destacados durante las guerras de religión que azotaron al país. Su biografía está plagada de acontecimientos reseñables, pero el que ahora nos ocupa arrancó cuando cumplió los 38 años. Fue a partir de ese momento que decidió alejarse de la vida pública y recluirse en su castillo, rodeado de sus libros, con la única compañía de un sirviente que apuntase sus reflexiones. Así nacieron sus Ensayos, cuya única razón de ser giraba en torno a la pregunta "¿Qué se yo?". En el fondo, la intención más íntima de Montaigne fue pelear por retratarse a sí mismo, a su esencia, despojada de las máscaras de la apariencia; pero sus esfuerzo terminaron creando un género nuevo que influyó de manera determinante al desarrollo del pensamiento occidental. Miguel de Cervantes La historia de Cervantes y de la construcción del Quijote también podría encajar en esta lista. A nadie se le escapa que su vida fue una aventura constante. Como soldado, peleó en la batalla de Lepanto y demostró siempre gran coraje valentía. Después, en su regreso a España, cuando casi vislumbraba la costa catalana, fue apresado por una flota turca y trasladado a Argel, donde permaneció cautivo durante cinco años. Aquella fue su primera experiencia en el encierro, que marcaría su vida y que, según muchos estudiosos de su obra, resultó fundamental en su posterior creación literaria. Pero su historial carcelario no concluyó ahí. Pasados varios años, tras una vida azarosa que le llevó de un lado a otro de la península, fue apresado nuevamente en Sevilla, acusado de haberse apropiado de dinero público en la época que ejerció de recaudador de impuestos. Precisamente en esa celda, según él mismo dejó escrito, engendraría su obra más universal. El caso del pintor Xavier de Maistre sigue patrones parecidos. Él, debido a un duelo, fue recluido en su propio cuarto durante seis semanas y, buscando una manera de escapar del aburrimiento, sin ningún tipo de pretensión literaria, aprovechó ese tiempo de monotonía para componer una entretenida parodia a la que tituló Viaje alrededor de mi habitación. Lo curioso vino a ser que, sin él saberlo, alcanzó una gran celebridad en toda Francia gracias a esa obra, pero sólo llegaría a darse cuenta de ello varias décadas después. En el relato, entre otras cosas, afirma que peregrinar por una habitación es la mejor manera de viajar, precisamente porque es la más sencilla, y la más adecuada para pobres, enfermos y perezosos. El resto de la pieza es una exhibición del poder evocador de la imaginación y de la capacidad de su autor por mirar más allá de lo que, por cotidianidad, la mayoría de la gente ha dejado de percibir. Fiodor Dostoyevski Años después, a Dostoyevski le indultaron la pena de muerte a la que había sido condenado cuando se encontraba delante del pelotón de fusilamiento. Sus verdugos, en vez de asesinarle, le enviaron cinco años a realizar trabajos forzados en Siberia. Vivió ese tiempo sin la posibilidad real de comportarse de una manera distinta a un cerdo, según sus propias palabras, y aquella experiencia terminó influyendo inevitablemente en la evolución de sus ideas. Se convirtió al cristianismo y le dió un vuelco a su literatura, que todavía no había aportado a la imprenta las grandes novelas por las que se le recuerda hoy día. De una manera tristemente profética, su figura precedió a la de otros muchos artistas y escritores que encontraron su infierno particular en Siberia durante la dictadura comunista. Aunque esa es otra historia. La de Marcel Proust, sin embargo, sólo comparte con la del ruso el mismo halo de tristeza. El francés es conocido principalmente por su método de trabajo radical y por no haber dejado de escribir ni cuando le alcanzó la muerte. Pero lo cierto es que esa rutina agotadora no rigió sus actos siempre. De joven había sido un chico acomodado y hasta frívolo. Frecuentaba los grandes salones aristocráticos con un cierto aire snob, y hasta que no publicó la primera parte de À la recherche nunca fue tomado en serio en el mundo literario. Para ello, eso sí, decidió encerrarse en su habitación durante los últimos años de su vida y no salió salvo en ocasiones de fuerza mayor. La suya fue una cuarentena voluntaria, de la que surgió una de las novelas más aclamadas de la historia de la literatura. Del mismo modo, más o menos, podría decirse que comenzó la carrera cuentística de Borges. Él siempre se consideró poeta, pero un golpe accidental con el marco de una ventana le sumió en una fiebre intensa de la que despertó hecho cuentista. Al poco de salir del tiempo obligado de reposo en una cama de hospital, escribió Pierre Menard, autor del Quijote, y desde entonces se dedicó a construir una obra que ha marcado como pocas el desarrollo de la literatura posterior. Algo parecido le ocurrió a Cortázar, aunque su enfermedad sólo fue fundamental porque marcó el inicio de su vocación lectora. Durante su infancia en Argentina pasó tanto tiempo en cama y leyó tanto que los médicos le recomendaron a su madre que le quitase los libros y le obligase a tomar el sol. Al final, inevitablemente, todas esas horas encerrado acabaron despertando una necesidad por escribir que ya no trató de reprimir nunca más. A todos estos nombres podrían sumarse muchos más. Los ejemplos son infinitos y no es el objetivo de estas líneas resumirlos a todos. Basten estos pocos para probar un par de puntos: que de los mayores contratiempos pueden sacarse grandes lecciones y que hasta en los peores momentos de las cuarentenas florece el instinto creador. Visto de esta forma, el coronavirus podría llegar a ser visto, dentro de todo lo malo, como una interesante oportunidad

viernes, 3 de mayo de 2019

Penguin Random House al acecho nuevamente



El conglomerado editorial Penguin Random House perteneciente a la multinacional Bertelsmann SE & Co. KGaA acaba de adquirir a la Editorial Salamandra (España), una de las pocas editoriales independientes. Dice la nota:

Penguin Random House ha firmado este viernes la adquisición de Ediciones Salamandra, creada en octubre de 2000 por Pedro del Carril y Sigrid Kraus, según ha informado el grupo editorial en un comunicado. El anuncio de la compra, sin que se hagan públicos los términos de la transacción, ha sido realizado por Markus Dohle y Núria Cabutí, CEO mundial de Penguin Random House y CEO de Penguin Random House Grupo Editorial, respectivamente, y por Pedro del Carril y Sigrid Kraus. La adquisición de Ediciones Salamandra permite a Penguin Random House unir a su catálogo a autores como J.K. Rowling, Antoine de Saint-Exupéry, Andrea Camilleri, Jonathan Franzen, Jonas Jonasson, Ferdinand von Schirach, Margaret Atwood, Zadie Smith, Philip Claudel, Annie Barros, Mary Ann Shaffer, Amor Towles o Mark Haddon, entre otros. El grupo editorial, líder mundial en la edición de publicaciones generales, considera que con esta compra "consolida su liderazgo e incrementa su cuota en el mercado en lengua española, tanto en España como en América Latina en el segmento de libro adulto, libro infantil y juvenil, camino que inició en 2014 con la adquisición de Santillana Ediciones Generales, seguido en 2017 por la de Ediciones B". Núria Cabutí ha mostrado su orgullo de que Del Carril y Kraus "hayan confiado en nosotros para depositarnos su legado editorial. Mantendremos la identidad y autonomía editorial de Ediciones Salamandra y estamos ilusionados en trabajar con su equipo para continuar ampliando la base de lectores y mercados donde llegan sus obras". A juicio de Pedro del Carril, "entre los grandes grupos editoriales del mundo, ninguno más idóneo que Penguin Random House para recoger y continuar un legado de treinta años dedicados a la edición de calidad". Sigrid Kraus, que continuará como directora editorial de Ediciones Salamandra trabajando directamente con Cabutí, ha dicho sentirse "muy satisfecha de que haya surgido esta magnífica oportunidad para asegurar la continuidad de Salamandra". Ediciones Salamandra empezó a desarrollarse como editorial independiente unos diez años antes de su creación, en 1989, cuando Del Carril y Kraus se hicieron cargo en España de la filial de la editorial argentina Emecé Editores. La intención era publicar en España los mejores autores del fondo editorial en Argentina y "desarrollar una línea narrativa acorde con los gustos del mercado español". A finales de septiembre del año 2000, los dos artífices de Salamandra acordaron comprar la totalidad de Emecé España y cambiaron el nombre por el de Ediciones Salamandra. A lo largo de estos años, en su catálogo, con más de 500 escritores, hay autores como Jennifer Egan, Nicole Krauss, John Boyne, Khaled Hosseini y Antonio Manzini. Además, cuenta con varios sellos, como los de Narrativa, Black, Novela Joven, Blue, Ñ, Català, Fun & Food, Graphic y Letras de Bolsillo. Penguin Random House se compromete a "mantener la identidad y vocación editorial de cada uno de los sellos" y seguirá publicando originales en español y traducciones al español y catalán de obras de ficción y no ficción para público infantil y adulto en formato de tapa rústica, de bolsillo y digital, tanto ebooks como audiolibros. 
Penguin Random House
Ediciones Salamandra

domingo, 27 de enero de 2019

Patricio Pron gana el Alfaguara 2019


El escritor Patricio Pron (Argentina, 1975) es el ganador del Premio de Novela Alfaguara 2019 dotado con un monto de $us175.000.-; el  premio lo recibe por su novela "Mañana tendremos otros nombres" que relata las rupturas amorosas en tiempos del Tinder. Dice la nota:

El escritor argentino Patricio Pron ha sido galardonado con el Premio Alfaguara de Novela 2019, dotado con 175.000 dólares (154.000 euros), por su novela Mañana tendremos otros nombres, según el fallo unánime del jurado. El jurado, presidido por Juan José Millás, ha considerado que la obra de Pron es un texto "sutil y sabio, de gran calado psicológico, que refleja la época contemporánea de manera excepcional y toma el pulso a las nuevas formas de entender los afectos". Una "fascinante autopsia de una ruptura amorosa que va más allá del amor: es el mapeo sentimental de una sociedad neurótica donde las relaciones son productos de consumo", destaca el jurado. Pron (Rosario, 1975), que presentó su novela al premio con el título El museo de las relaciones rotas y bajo el seudónimo No Soy Stiller, es autor de cinco libros de relatos, siete novelas y un ensayo. Es doctor en Filología Románica por la Universidad Georg-August de Göttingen (Alemania) y vive en Madrid. El premiado explicó que la idea para esta novela surgió en el metro, mientras observaba a otros viajeros "escogiendo gente en Tinder", una popular aplicación de citas, y por experiencias de amigos de su edad –tiene 43 años– que después de relaciones largas regresaban "al mercado de la soltería" y se encontraban con que las formas de contacto habían cambiado radicalmente. "De un tiempo a esta parte da la impresión de que en torno al amor confluyen otras cosas, como dispositivos tecnológicos, dinámicas económicas, instituciones sociales que están cambiando el concepto del amor, de modo que resulta cada vez más difícil imaginar un final feliz para una relación", indicó. El jurado ha estado integrado además por los también escritores Jorge Fernández Díaz y Manuel Vilas, la editora Gunilla Sondell, la directora de la librería Oletvm de Valladolid, Estrella García, y Pilar Reyes (con voz pero sin voto), directora editorial de Alfaguara.
Blog de Patricio Pron
Web oficial de Patricio Pron

Sergio Ramirez premio Bienal de Novela "Mario Vargas Llosa"

El escritor nicaragüense Sergio Ramirez se alza con el premio de la VI Bienal de Novela Mario Vargas Llosa con su obra "El caballo dora...